Sonia's Sunrays

La escritura es la pintura de la voz -dijo Voltaire.

Consulta médica

Published by Sonia under on 06:02
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Siento molestias en un costado. No es un dolor fuerte ni insoportable, pero sí constante, y por lo tanto molesto. Decido ir al médico. Opto por la mútua que pago desde hace años y que gracias a dios nunca utilizo. Como no sé qué medico puede ser el apropiado para revisar un dolor en el costado, decido que uno general ya me sirve. Busco en el libro de médicos asociados los más cercanos a mi casa, y de entre todos ellos escojo el que más rabia me da. Doctor X le vamos a llamar.
Decido pedir hora por teléfono.
—¿Diga?—me responde una voz de mujer
—¿Estoy llamando al doctor X?
—mmm ah, hum, sí, esto sí, pero es que el doctor ahora mismo no está. Déjeme su tlf y ya le llamará.
—No, no, si era solo para coger hora, no hace falta que me llame.
—Sí, sí, él le llama, él le llama para darle hora. Déjeme el número que él le llama.
Le doy mi número. A los cinco minutos me llama el doctor X.
—Hoy a las 5 puedo visitarla.
—De acuerdo.
A las 5 me planto en la dirección que aparece en el libro. Es una casa baja, y la puerta es muy, pero que muy vieja. Miro para confirmar el número por si me he confundido, pero no, a mano izquierda hay un letrero de chapa muy brillante donde aparece escrito “Doctor X” junto con su número de colegiado. No me dejo impresionar por la puerta, y aunque me parece todo un poco extraño, pico al timbre y me responde el mismo el doctor X.
—¿Quién es?
—Tenía hora a las 5.
—¡Ah, pasa, pasa!
Y me abre.
Entro y una bofetada de olor a puro me deja completamente aturdida. Me recuerda a las comidas familiares en casa de mi tío Juan. Camino por un pasillo largo adornado por grandes fotos de niños vestidos de comunión de hace lo menos 30 años. A mano derecha me encuentro con lo que sospecho se trata de la sala de espera. Está completamente vacía y amueblada con unos sofás de piel marrón oscuro antiquísimos llenos de polvo. Me quedo unos instantes dudando en el pasillo, y cuando ya estoy dando media vuelta para largarme, se abre una habitación al fondo.
—Pasa, xata, pasa.
Paso. Entro en una consulta que parece sacada de una peli de posguerra. Hay dos camillas, una a cada lado, y en cada una de ellas, aparte de la sábana “blanca” que las cubre, hay dos cojines de terciopelo granate para apoyar la cabeza. El suelo enmoquetado.
El doctor X, un hombre muy amable de unos 70 años, me abre una ficha manualmente. Sobre su mesa se superponen un montón de libros, papeles, bolis, fichas, un cenicero. Le explico lo del dolor en el costado, y el buen hombre me formula las típicas preguntas, desde cuándo, si estoy por menstruar, etc. Cuando he terminado de responder la última, el doctor X se levanta, se acerca a una pica, saca de dentro una escupidera amarillenta y me la ofrece.
—Mira xata, me haces un pipi aquí y ahora vuelvo.
Miro al hombre mientras proceso la información. Tengo que hacer un pipi en una escupidera amarillenta.
—Eh, um, eh… a ver, es que acabo de hacer uno en casa antes de salir y no tengo ganas, no me va a salir.
—¿Ni unas gotas?
—No, no, qué va, ni unas gotas, en serio, es que acabo de hacer uno en casa, de verdad.
—Hacemos una cosa, xata, ahora bebes agua y después de explorarte, cuando tengas ya más ganas, hacemos la muestra.
Vuelve a acercase a la pica. Sobre el lavabo hay tres vasos bocabajo. Son de un color gris entelado muy sospechoso, no sé si es de viejos, de cal o de polvo. Al mismo doctor X no le parecen demasiado limpios. Coje uno y lo mira al trasluz. Decide lavarlo. Busca una pastilla de jabón, se la pasa un poco por dentro, aclara abundantemente, lo seca con una toalla que hay allí mismo colgada y me lo ofrece lleno de agua.
—Bebe.
Y no tengo más remedio que beber.

Me pide que me tumbe en la camilla. Me tumbo y empieza con la exploración. ¿Duele aquí? ¿Aquí? ¿Y aquí? Me da cientos de golpes en todos lados. Me hace hacer abdominales levantando un poco las piernas, me coje de la espalda y me hace gestos bruscos para ver si me duele. Me golpea en los riñones. Cada vez llevo menos ropa, pues para realizar las contorsiones que necesita de mí el doctor X es preciso una libertad de movimientos que los tejanos no me ofrecen. A favor del doctor X, no veo en su mirada rastro alguno de lascivia, el reconocimiento me parece en todo momento puramente profesional. Transcurridos ya no sé cuántos minutos de palpaciones abdominales y de gestos extraños, el doctor me pide que me ponga de pie.
—Voy a comprobar si existe dismetria en tus piernas. ¿Sabes lo que es?
Le miro con estupefacción.
—¿Diferencias entre el largo de mis piernas?
—Exacto.
Empieza a rebuscar en su mesa. Abre cajones y los cierra. Coje una caja grande de plástico de una estantería llena de guantes usados, jeringuillas y herramientas. Muchas se le caen al suelo. Las recoge. Sale de la consulta. Le escucho gritar.
—¡Maria! ¿Me has cogido el metro?
—¡No!
Vuelve a revisar en su caja de instrumentos. Nada, no aparece.
Al cabo de un rato, cuando el doctor X parece ya haber desistido de la idea de medirme las piernas, Maria le llama. Ha encontrado el metro. El doctor X sale de la consulta y vuelve con un metro de costura en la mano.
—¡Es que me quitan las cosas de su sitio!—me explica refunfuñando. Y en ese instante siento hacia ese hombre ternura.
Acto seguido el doctor X se arrodilla, y como si pretendiera hacerme un traje, me mide las piernas.
—No, xata, son las dos iguales.
Respiro aliviada, aunque en verdad el método de medición tampoco me parecía demasiado preciso. En todo caso tampoco entiendo qué puede tener que ver el largo de mis piernas con mi dolor abdominal. Pero yo no soy el médico.
Me pide que me vuelva a tumbar, y vuelve a darme golpes por todo el cuerpo. No me duele nada más que un costado, un lugar muy preciso que el doctor X tiene perfectamente localizado.
—¿Qué tal con el pipi, cómo vamos? ¿Necesitas más agua?
En décimas de segundo decido que prefiero mear en una escupidera antes que beber más agua.
—Bien, bien… unas gotas seguro que saco.
—No necesito más.
Se va y aprovecho para hacer unas fotos de la consulta con el móvil.
—¿Ya está?—me pregunta desde fuera.
—No, no, ya le aviso yo.
Rebusco en mi bolso y lamento no ser de esa clase de mujeres que llevan toallitas húmedas. Ni siquiera un paquete de clinex, que de eso sí suelo llevar. No tengo nada a mano y me da asco coger la escupidera con los dedos. Barajo la posibilidad de utilizar la toalla con la que el doctor X secó mi vaso, pero mi empatía hacia un futuro paciente sediento me frena. Le arranco una hoja a una libreta que sí llevo en el bolso y con ella pongo la escupidera en el suelo. Me pongo de cuclillas y echo cuatro gotas. Aviso al doctor X. Entra satisfecho y recoge mi muestra sin guantes ni nada. La pone de nuevo dentro de la pica. Busca en una caja, y de ella saca una tira. La sumerge en mi pis y compara los colores de la tira con los de la caja. Me mira satisfecho.
—Tienes un poquito de infección. No es nada. Te voy a mandar una medicación y en diez días te vuelvo a ver.
—¿Infección?— digo yo— si no tengo síntomas...
El doctor X coje la tira que había dejado encima del lavabo y la caja con los colores. Se los lleva a su mesa.
—Ven xata, te lo enseño.
Doy media vuelta y me pongo a su lado. La tira gotea sobre la mesa y la receta que me estaba haciendo, pero al doctor X no parece preocuparle.
—Mira los colores, todos son iguales a los de la caja menos en los leucocitos que cambia un poco. ¿Lo ves? eso es infección.
Lo veo, lo veo. Pero lo que no me queda tan claro es que la infección sea mía y no del que meó antes que yo en la escupidera. Da igual, no voy a replicar. Estoy deseando salir de ahí, regresar al 2010, y sobretodo huir de la peste a puro. Me pide la tarjeta de la mútua. Se la doy, sale de la consulta y vuelve a entrar. Me la devuelve. Me ofrece después la receta, un poco húmeda. La cojo por una esquina y el doctor X me acompaña a la salida. Me estrecha la mano sonriente, me mira a los ojos y me dice con mucha seguridad “Te veo en 10 días. Esto no es nada, xata”. Extrañamente vuelve a inspirarme ternura.

7 comentarios:

Máximo Cano dijo... @ 21 de septiembre de 2010 11:13

Uhmmmm. no se como puedes sentir ternura por alguien así. ¿Fué real esta situación?

Hace poco me recomendaron utilizar una botella de esas que hacen las veces de orinal, para que no me tuviera que levantar por la noche a hacer pis al aseo. El asesor, un hombre de edad, intentó convencerme de lo cómodo que era.

A mi estos artilugios me dan para atrás... luego he tenido alguna vivencia mas de éste estilo, pero no se si deben debo comentarlas.

Me gusta como lo cuentas.

Saludos.

Olaf dijo... @ 21 de septiembre de 2010 11:36

jajaja los años no pasan en vano!

Morel dijo... @ 21 de septiembre de 2010 11:57

Como hijo de médico debería protestar...pero me ha gustado...pelín largo !!!

Sonia dijo... @ 21 de septiembre de 2010 12:04

Pues me pasó ayer, y no he exagerado ni un pelo, toda la situación fue absolutamente real y completamente surrealista.
Pues me daba penilla el hombre, Máximo, no sé, se le veía esforzado y haciéndolo lo mejor que sabía, era mayor y utilizaba sus técnicas, jajaja.. Eso sí, los de la mutua deberían controlar un poco a los médicos con los que trabajan...

Sonia dijo... @ 21 de septiembre de 2010 12:33

aix, lo sé, lo sé... me cuesta abreviar, en realidad iba a colgarlo en el otro blog, pero me ocupaba demasiado...

NI la breve dijo... @ 21 de septiembre de 2010 15:03

Hay qué ver con qué maestría utilizas los diálogos. Me gusta tu historia sea o no cierta.
Describes a la perfección situaciones cómicas.

Sebastià Martí dijo... @ 25 de septiembre de 2010 11:39

Quiero ver esas fotos!
Me ha gustado, ah, y quiero esa escupidera en mi vitrina.

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