El hombre gris que camina despacio
Published by Sonia under on 02:45El hombre gris que camina despacio, se ha embutido de mala manera todas sus miserias en las tripas. Para disimularlo, se ha provisto de una chaqueta de ante marrón que le queda grande.
Al hombre gris de la chaqueta de ante marrón se le acaban de mojar los calcetines al pisar un charco. Ahora tiene los pies fríos además de las miserias molestando a la altura del bazo. Mientras camina, todas las farolas de la calle se le reflejan en la calva, que brilla como recién lustrada con aceite de oliva.
El hombre gris de los pies fríos y la calva brillante, acelera el paso hasta llegar al bar de la esquina, donde se sienta en la barra. Una mujer beige que esa misma tarde se ha embutido —una por una y bien dobladas— todas sus desilusiones a la altura de los glúteos, se sienta a su lado. Para redirigir las miradas al frente cuando camina, se ha provisto de un wonderbra que realza unos pechos que desde hace ya un tiempo siente resecos y vacíos.
El hombre gris entabla una conversación con la mujer beige. A su lado, unas risas vulgares y ruidosas se entremezclan y entorpecen la comunicación. El hombre gris no se desespera. Habla sin parar, como resarciéndose, subiendo el tono cuando es preciso para hacerse escuchar. La mujer beige escucha sin interrumpir pero sin sacarse en ningún momento la cabeza de los glúteos.
Deciden beber tequilas y chuparse el uno al otro los limones. A la mujer beige los tequilas le ponen de mal cuerpo, pero se lo calla. El hombre gris tiene la tensión alta y no le conviene abusar de la sal, pero también se lo calla.
El hombre gris, con la boca ya pastosa de tanto hablar, se plantea si es el momento adecuado de dar un paso adelante. Con un leve tartamudeo le propone a la mujer beige una última copa en su casa. La mujer beige acepta la proposición sin entusiasmo.
El apartamento del hombre gris está pintado en colores pastel: melocotón, rosa y amarillo claro. La mujer beige encuentra algo de contradictorio en que un hombre gris con una chaqueta de ante marrón haya pintado sus paredes en colores pastel, y se lo dice. El hombre gris admite que antes de marcharse con el hombre dorado, fue su mujer, perdón, su ex mujer, la que decidió la coloración de las paredes. Y una intensa punzada se le clava en las tripas, que ahora, con más empeño que nunca, se tapa con la chaqueta de ante marrón.
El hombre gris tiene Baylis, tiene coñac, tiene orujo y tiene whisky barato en su mueble bar. La mujer beige se decide por el Baylis y le da dos tragos largos. Al momento piensa que antes de los tequilas se ha bebido dos coca-colas. Se imagina que le explota el estómago en el apartamento del hombre gris. No es la primera vez que la mujer beige se imagina muerta, pero nunca de un modo tan violento.
El hombre gris bebe whisky barato y se sienta junto a la mujer beige. Sigue hablando sin parar, enlazando un tema con otro de manera automática. Sabe que si esa noche quiere prosperar, deberá quitarse la chaqueta. La mujer beige olvida las coca-colas y sigue escuchando. Empieza a ponerse nerviosa. Es consciente de que cuando la cosa prospere deberá quitarse los pantalones.
El hombre gris deja por fin de hablar, suelta el vaso en la mesa y la besa. Sabe a madera húmeda, a humo y a whisky barato. A la mujer beige no le desagrada. Ayuda al hombre gris a quitarse la chaqueta de ante marrón que cae al suelo de mala manera. El hombre gris se detiene y la recoge, la dobla con sumo cuidado y la deposita sobre el sofá.
El hombre gris y la mujer beige se van a la cama.
El hombre gris le echa la culpa a los tequilas, al whisky barato y a los nervios. La mujer beige dice que no importa, pero busca con urgencia sus pantalones debajo de la cama, detrás de la butaca, sobre el sinfonier y en el lavabo, donde ni siquiera ha entrado. Los busca mezclados con la ropa de él, entre unos calcetines mojados. No aparecen.
Al hombre gris le entra fresco y se levanta a por su chaqueta. Recuerda exactamente dónde la depositó con cuidado y bien doblada. No la encuentra. Da varias vueltas por el comedor, se bebe el whisky que le quedaba al vaso, ya aguado, y se arrepiente intensamente de habérsela quitado. Con sus miserias al descubierto, el fresco no tarda en transformarse en frío. Maldice. Tiembla. Le da una patada al sofá, pero sin fuerzas, como si quisiera comprobar que está vivo. Al momento se arrodilla y sin quererlo, sin apenas notarlo, estalla en llanto. Llora, primero con suavidad, después con rabia, poco más tarde con miedo.
La mujer beige observa al hombre gris llorar desnudo y arrodillado, con la luz de la lámpara reflejándose en su calva brillante, y no sabe definir lo que siente, aunque ternura podría ajustarse bastante. Duda un par de segundos y después se le acerca silenciosa por la espalda. Se arrodilla, le abraza. El hombre gris se agarra a esos brazos con fuerza e intensifica su llanto. Contagia ahora a la mujer beige, que siente también sus desilusiones, una por una, dolorosas y punzantes a la altura de sus glúteos. Poco a poco, el hombre gris va entrando en calor. Sabe que ya no va a poder ocultar su dolor bajo la chaqueta de ante marrón, y lo acepta. La mujer beige le ayuda a levantarse y se vuelven juntos a la cama.

6 comentarios:
Describes realidades de vidas rotas, llenas de decepciones y desencantos, con una perdida total de ilusión.
Los colores bien definidos. ¿A cuanta gente conocida podemos catalogar con sus diferentes intensidades de lo color "beige" o gris?
Personalmente, me gusta rodearme de colores cálidos.
Seguiré siendo tu fans nº 1.
Saludos.
Muy bien, de lo mejor. Feo y gris, que es lo que buscabas. Muy bien, de verdad.
Muchísimas gracias a los dos. Me siento mucho más cómoda con la comedia que con el drama, así que me hace especial ilusión que os haya gustado.
Excelente.
Siempre suyo
Un completo gilipollas
Me ha gustado mucho leerte. Prometo venir con más tiempo para disfrutar y hacer una crítica mucho más detallada de tus relatos. Escribes muy depurado, eso me gusta.
Saluditos bella.
Cuando uno lleva la mochila muy llena a la espalda de cosas no tan buenas, es más difícil quitársela. Pero si se busca, puede aparecer un motivo común para dejarla un ratito a los piés de la cama. Inevitablemente luego hay que volver a colgársela. ¿O no?. Me pido la mujer naranja.
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