Las revivencias
Published by Sonia under on 10:06En lo profesional
Benôit Canel nace en Marseille en 1955. Estudia medicina en París y se especializa en neurología. En el año 1983 obtiene una beca y se traslada a Washington DC donde se dedica a la investigación y a la docencia. En 1985 varias revistas científicas se hacen eco de sus avances en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer. En 1990 recibe el premio MetLife a la investigación de dicha enfermedad.
A mediados del año 1994, su hasta el momento intachable carrera profesional da un vuelco. Se le acusa de sustraer del laboratorio y de administrar de forma ilegal sustancias no autorizadas a personas sanas. Ese mismo año es procesado por la intoxicación y deshidratación de dos personas a consecuencia del consumo de dichas sustancias. Pierde su licencia y se traslada de nuevo a Francia, donde se recluye hasta el final de sus días en el “Château du Mer”, castillo situado a los alrededores de Bordeaux, propiedad recibida en herencia por parte de su familia paterna.
Benôit Canel muere por deshidratación sentado en una silla de madera tapizada en piel, en enero de 1995, a la edad de 40 años.
En lo personal
Benôit Canel es un hombre de carácter melancólico que tiende a la introspección.
Vive su primera relación amorosa a la edad de 16 años con una amiga viuda de su madre, Candela Miramar, española en el exilio 22 años mayor que él. Mientras dura el affaire, Benôit siente la necesidad de documentarlo hasta el extremo. Describe en su diario, con la máxima y a la vez limitada exactitud que le permiten las palabras, cada uno de sus sentimientos y actos. Fotografía a Candela, la pinta, conserva en una caja de galletas de mantequilla danesas una liga, un mechón de pelo y un pañuelo que le roba.
Cinco meses después del inicio del idilio, el padre de Benôit Canel es trasladado a Lyon y su relación clandestina finaliza de forma abrupta.
En su despedida, Benôit promete solemnemente que nunca la olvidará.
Transcurridos varios meses desde la separación, Benôit advierte un día, sentado frente a su caja de galletas, que ya no es capaz de evocar con claridad su risa. Con desesperación comprende que sus escritos le resultan del todo insuficientes, que las fotografías apenas le transmiten nada y que el olor de su ropa y de su pelo se ha desvanecido.
De forma ciertamente prematura y tal vez sin ser siquiera capaz de concretarlo en palabras, Benôit Canel siente la angustiosa sensación de que su pasado no existe. De que no hay manera de asegurar que realmente existió, que toda su vida pretérita se perderá para siempre más allá de sus recuerdos y que éstos, además, son engañosos e inexactos. Llora amargamente.
Sus aspiraciones y logros
Benôit Canel decide dedicar su vida a la investigación de la memoria.
En sus experimentos con fármacos para tratar la enfermedad de Alzheimer descubre un compuesto derivado de la triptamina capaz de inducir a una suerte de inconsciencia, durante la cual, escenas del pasado se reproducen en la mente de forma vívida y sentida, como en un sueño. En una ocasión Benôit se traslada a los doce años y juega durante dos horas al twister con su primo Jerôme y sus primas Sabine y Aurélie. En otra menos afortunada, se encuentra corriendo delante de un perro que le muerde y le desgarra el peroneo lateral corto, cosa que le sucede a los nueve años. Como si de una grabación se tratara, cada una de las reproducciones se da a tiempo real y es capaz de usar en ellas sus cinco sentidos. Vuelve a oler, a tocar, a sentir miedo y dolor, a emocionarse, a sorprenderse, a cansarse... a revivir las situaciones exactamente tal cual se dieron, pero en su mente.
Benôit Canel ha descubierto la manera de viajar en el tiempo. Dentro de su tiempo.
Su decadencia y muerte
Benôit Canel se aficiona a estos viajes. Su asistente, encargado de despertarle de cada uno de ellos, aprovecha sus largas horas de inconsciencia para copiar la fórmula de la revivencia, producirla y trapichear con ella. Como consecuencia de un error en la concentración de una mezcla, dos personas resultan intoxicadas. Benôit es acusado por ello y pierde su licencia. No se defiende. No le importa. Su única obsesión es encontrar la manera de elegir el momento exacto al que trasladarse en su tiempo.
Vuelve a Francia, a un castillo que recibe en herencia. Instala un laboratorio en una de las estancias y prepara la fórmula. Adquiere varios dispositivos de alarma que le permitan despertar de la inconsciencia a la hora calculada.
El día planeado se sienta en una silla de madera tapizada en piel y se inyecta por vía intravenosa una botella de suero. Toma el compuesto de la revivencia, y, por primera vez en muchos años, abre su caja de galletas.
Despierta en la habitación de Candela. En su cama. Ella le observa de pie y se suelta la melena. Su abundante y espeso cabello negro cae en cascada sobre sus hombros. De un movimiento certero se deshace de la combinación que resbala por su cintura y se detiene brevemente en la cadera antes de caer al suelo. Sus generosos pechos se muestran por vez primera ante los ojos de Benôit Canel, que tiembla, pero no es de frío.
La mañana siguiente, mientras Candela prepara el desayuno y Benôit informa a sus padres de que la fiesta en casa de Jean Claude se alarga, un pitido martilleante se instala en su mente. Es un sonido penetrante y molesto, seco. La mañana de domingo es fresca y soleada, y deciden pasear por el parque. Juegan y se besan a escondidas. El sonido le persigue, le atosiga y le fustiga, pero Benôit lo ignora. Y comen queso y nueces y uvas. Y beben vino sobre una manta de cuadros roja.
Esa tarde, mientras ven en el cine “La naranja mecánica”, el sonido se funde con la novena sinfonía de Beethoven y desaparece. Esa noche y también la siguiente, se mojarán los pies en la playa de Sainte Croix.
Hace más de 48 horas que el suero ha dejado de gotear y de infiltrarse en sus venas. Los dispositivos de alarma uno a uno se han quemado y han dejado de funcionar.
Libre por fin del irritante sonido y feliz como nunca lo ha sido, Benôit Canel muere entre los brazos Candela.





