Sonia's Sunrays

La escritura es la pintura de la voz -dijo Voltaire.

Walk on the wild side

Published by Sonia under on 11:49



Conocí el amor de la mano de Lou Reed. El uno me presentó al otro, o el otro me presentó al uno, no lo sé. Lo que sí es seguro es que cada vez que suena "Perfect day”, hay una chica de dieciocho años que sonríe a una cámara en el parque de la Ciutadella. Y aunque esa misma chica no tardaría en descubrir que los días perfectos eran contados, y aunque haya llovido ya mucho desde aquella iniciación a la vida,  "Perfect day" consigue siempre devolver a esa chica a ese parque, a la ilusión de una vida recién estrenada, donde todo era posible y donde nadie había dicho aún que los días perfectos no pudieran ser todos.

Ayer murió Lou Reed, y su pérdida me produjo una pena profunda y sincera. Aún conservo el cassette de Transformer y si me esfuerzo aún me veo y me reconozco en aquella chica que bailaba “vicious” y se sentía poderosa ante la intensidad de una mirada.
Ha muerto el artífice de la banda sonora de una época muy concreta de mi vida. Así que sólo puedo agradecérselo con cariño: I'm glad I spend it with you. 

Descanse en paz.

Mi pequeño Aleph

Published by Sonia under on 8:28
Vomitar al pequeño Aleph que toda la vida había llevado por dentro me costó concentración y esfuerzo. Durante horas lo noté atragantado en mi esófago, clavándose con sus finas y afiladas garras en la cálida humedad de mis entrañas. Se aferraba con furia, concentrando en un solo punto ―tal es la naturaleza de un Aleph―, y a la altura de mis amígdalas, todas las emociones del mundo. Cualquiera que no supiera nada, me hubiera mirado con desprecio, asegurando que aquello que yo notaba palpitar, pegado a mi esencia como un chicle, no era otra cosa que los latidos de un corazón común, uno normal. Pero nada que ver. Lo que yo he llevado clavado por dentro como una estaca es un Aleph. Pequeño y defectuoso, lo sé, pero un Aleph a fin de cuentas. 

Lloré, reí, maldije mi suerte, golpeé la mesa, dudé y miles de recuerdos se agolparon de nuevo a la altura de mis amígdalas. Sentí rabia, dolor, pena, una inmensa alegría, nostalgia, simpatía, asco, reconocimiento, orgullo, celos, vanidad, escalofríos, se me erizó el vello, algunas manos me acariciaron el cuerpo, alguien me abofeteó, me avergoncé, me besaron, sufrí, me enfadé y una ternura indescriptible me recorrió el espinazo, todo eso a la vez. ¿Era o no era, un Aleph? Si ya lo he dicho. 

Por eso me costó tanto desprenderme de él, por eso vomitarlo fue un parto doloroso y complicado. Por eso, cuando lo vi encima de la mesa, medio muerto, palpitante, malformado y herido ya no pude sentir nada, ni alegría ni pena, ni rabia ni dolor. Ya no cabían sentimientos en mí, aquella víscera ensangrentada y maloliente se los había llevado todos. Pero estuve rápida y reaccioné bien. Por seguridad lo envolví en papel de plata y antes de su último expiro lo congelé. Y ahí lo tengo, junto a unos canelones. Preparado para, quién sabe, ser recalentado y consumido en cualquier momento. Tal vez cuando descanse de tanta dolorosa intensidad y me aburra de esta soporífera calma.

Los elefantes

Published by Sonia under on 10:37



Me gusta cuando mi madre me baña y hace un montón de espuma en mi pelo y me rasca por detrás de las orejas y después tengo que cerrar los ojos fuerte porque viene el chorro de agua y si no los cierro bien después me pican y me molestan, una vez no los cerré bien y un ojo estuvo como con sangre por dentro un montón de rato. 

También me gusta cuando mi madre me hace cosquillas en los pies y me dice que parecen plátanos porque son largos y estrechos, y yo le digo que no son amarillos ni se comen, y ella se ríe y me dice que sí se comen y se los lleva a la boca y hace ver que se los come. Pero no se los come de verdad, porque no se pueden comer, los pies no se comen, además, que algunos huelen fatalísimo. Los de mi primo Alberto que ya es grande huelen pestosos, mi tía Luisa le regaña siempre, pero él no le hace ni caso y se mete en su cuarto a jugar con la play y conmigo nunca juega. A mí no me gusta nada ir a casa de mi tía Luisa, pero muchas veces voy, sobretodo los sábados y los domingos, y una vez estuve un montón de días, no me acuerdo ya ni cuantos, porque era pequeña. 

A mí me gusta un montón dibujar y a mi madre también, a ella le gusta más dibujar elefantes y a veces también me cuenta historias de elefantes. Hay una de un elefante que quería volar alto para irse muy lejos pero le pesaba demasiado la panza y no podía y al final se compró unas alas de madera y se fue volando para siempre. 

Yo de mayor quiero ser tan guapa como mi madre. Me gusta un montón cuando se pinta las pestañas con la boca abierta y los labios también y se pone un vestido muy bonito y viene de la peluquería y le huele el pelo como a piruleta. Yo una vez me probé sus zapatos pero no podía ni caminar porque había que ir de puntillas y se salían todo el rato, y a mi madre le hizo mucha risa verme, y me dijo que de mayor iba a ser muy guapa y muy libre, y me dio muchos besos, pero entonces llamaron por teléfono y me dijo que me fuera a dibujar. A mi madre le gusta un montonazo hablar por teléfono, sobretodo cuando mi padre no está, se ríe todo el rato y a veces empieza a hablar muy flojito que casi ni se oye, y se cierra la puerta de la habitación y me regaña si entro. A veces se está un montón de rato y yo tengo ganas ya de que salga porque me aburro o tengo hambre.

Pero da igual, porque a mí me gusta más cuando mi padre no está, así no dice palabrotas. Además, que cuando mi padre está, mi madre está super rara, y casi siempre me explica la historia del elefante, que ya me la sé y no me gusta tanto. A mi me gusta más la del otro elefante que no volaba y que estaba muy contento en su casa con su elefantito y lo cuidaba muy bien, pero esa historia no me la cuenta tantas veces, una vez me la contó muy contenta dándome besos todo el rato, pero después se puso a llorar, porque le gusta más la del otro elefante, el de las alas de madera. Pero yo creo que no se puede volar con unas alas de madera, porque pesan mucho, las alas tienen que ser de papel o de plástico como las cometas, las de madera no sirven. Pero eso no se lo digo yo a mi madre porque me gusta más cuando está contenta y me hace cosquillas en los pies, y me hace reír porque dice que parecen plátanos de canarias y hace ver que se los come. 

Mi padre nunca me dice que mis pies parecen plátanos porque siempre viene enfadado, y se va a dormir porque llega muy cansado del camión, y no le gusta nada que mi madre no haya fregado los platos. Y además grita, y es super mentiroso, un día le dijo a mi madre que me había dejado en casa de la tía Luisa para irse a tirar con un pelagatos. Y eso es mentira, porque a mí me gustan los gatos y a mi madre también, y ella no se iría nunca a tirar o a pelar gatos. Por eso mi padre dice mentiras y palabrotas y yo quiero que le salgan ya alas al camión, para que se vaya ya y no vuelva nunca más, total, para decir mentiras. Porque mi madre sí me quiere y me cuida, y me lava el pelo con mucha espuma, y dibuja elefantes y me cuenta historias de elefantes, y ya nunca más me dejará sola en la casa de la tía Luisa.

La siesta

Published by Sonia under on 3:20
De un suave tirón de cadenita la habitación quedó en penumbras. Me tumbé en la cama y las sábanas me recibieron con un frescor crujiente. Olían a lavanda y a limón, y a las manos nudosas que las habían tendido al sol en la terraza. Avariciosa, acaricié con mis piernas cada centímetro de tela con la pretensión de robarles su frescor, con el deseo de que mi piel se impregnara para siempre de aquel aroma. Me hundí en la almohada y así, acunada por el arrullo de las palomas, me quedé dormida. Me despertó el tañido de campanas a lo lejos y las risas de unos niños que perseguían a un gato. Indolente, me desperecé justo en el momento en que un vecino empezaba a tocar el acordeón. Las notas, festivas, se filtraban por la ventana y retumbaban juguetonas por las paredes, y de pronto, las partículas de polvo en suspensión que se colaban a través de las rendijas de la persiana me parecieron de oro.

Las revivencias

Published by Sonia under on 10:06


En lo profesional

Benôit Canel nace en Marseille en 1955. Estudia medicina en París y se especializa en neurología. En el año 1983 obtiene una beca y se traslada a Washington DC donde se dedica a la investigación y a la docencia. En 1985 varias revistas científicas se hacen eco de sus avances en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer. En 1990 recibe el premio MetLife a la investigación de dicha enfermedad.
A mediados del año 1994, su hasta el momento intachable carrera profesional da un vuelco. Se le acusa de sustraer del laboratorio y de administrar de forma ilegal sustancias no autorizadas a personas sanas. Ese mismo año es procesado por la intoxicación y deshidratación de dos personas a consecuencia del consumo de dichas sustancias. Pierde su licencia y se traslada de nuevo a Francia, donde se recluye hasta el final de sus días en el “Château du Mer”, castillo situado a los alrededores de Bordeaux, propiedad recibida en herencia por parte de su familia paterna.
Benôit Canel muere por deshidratación sentado en una silla de madera tapizada en piel, en enero de 1995, a la edad de 40 años.

En lo personal

Benôit Canel es un hombre de carácter melancólico que tiende a la introspección.
Vive su primera relación amorosa a la edad de 16 años con una amiga viuda de su madre, Candela Miramar, española en el exilio 22 años mayor que él. Mientras dura el affaire, Benôit siente la necesidad de documentarlo hasta el extremo. Describe en su diario, con la máxima y a la vez limitada exactitud que le permiten las palabras, cada uno de sus sentimientos y actos. Fotografía a Candela, la pinta, conserva en una caja de galletas de mantequilla danesas una liga, un mechón de pelo y un pañuelo que le roba.
Cinco meses después del inicio del idilio, el padre de Benôit Canel es trasladado a Lyon y su relación clandestina finaliza de forma abrupta.
En su despedida, Benôit promete solemnemente que nunca la olvidará.

Transcurridos varios meses desde la separación, Benôit advierte un día, sentado frente a su caja de galletas, que ya no es capaz de evocar con claridad su risa. Con desesperación comprende que sus escritos le resultan del todo insuficientes, que las fotografías apenas le transmiten nada y que el olor de su ropa y de su pelo se ha desvanecido.
De forma ciertamente prematura y tal vez sin ser siquiera capaz de concretarlo en palabras, Benôit Canel siente la angustiosa sensación de que su pasado no existe. De que no hay manera de asegurar que realmente existió, que toda su vida pretérita se perderá para siempre más allá de sus recuerdos y que éstos, además, son engañosos e inexactos. Llora amargamente.

Sus aspiraciones y logros

Benôit Canel decide dedicar su vida a la investigación de la memoria.
En sus experimentos con fármacos para tratar la enfermedad de Alzheimer descubre un compuesto derivado de la triptamina capaz de inducir a una suerte de inconsciencia, durante la cual, escenas del pasado se reproducen en la mente de forma vívida y sentida, como en un sueño. En una ocasión Benôit se traslada a los doce años y juega durante dos horas al twister con su primo Jerôme y sus primas Sabine y Aurélie. En otra menos afortunada, se encuentra corriendo delante de un perro que le muerde y le desgarra el peroneo lateral corto, cosa que le sucede a los nueve años. Como si de una grabación se tratara, cada una de las reproducciones se da a tiempo real y es capaz de usar en ellas sus cinco sentidos. Vuelve a oler, a tocar, a sentir miedo y dolor, a emocionarse, a sorprenderse, a cansarse... a revivir las situaciones exactamente tal cual se dieron, pero en su mente.
Benôit Canel ha descubierto la manera de viajar en el tiempo. Dentro de su tiempo.

Su decadencia y muerte

Benôit Canel se aficiona a estos viajes. Su asistente, encargado de despertarle de cada uno de ellos, aprovecha sus largas horas de inconsciencia para copiar la fórmula de la revivencia, producirla y trapichear con ella. Como consecuencia de un error en la concentración de una mezcla, dos personas resultan intoxicadas. Benôit es acusado por ello y pierde su licencia. No se defiende. No le importa. Su única obsesión es encontrar la manera de elegir el momento exacto al que trasladarse en su tiempo.
Vuelve a Francia, a un castillo que recibe en herencia. Instala un laboratorio en una de las estancias y prepara la fórmula. Adquiere varios dispositivos de alarma que le permitan despertar de la inconsciencia a la hora calculada.
El día planeado se sienta en una silla de madera tapizada en piel y se inyecta por vía intravenosa una botella de suero. Toma el compuesto de la revivencia, y, por primera vez en muchos años, abre su caja de galletas.

Despierta en la habitación de Candela. En su cama. Ella le observa de pie y se suelta la melena. Su abundante y espeso cabello negro cae en cascada sobre sus hombros. De un movimiento certero se deshace de la combinación que resbala por su cintura y se detiene brevemente en la cadera antes de caer al suelo. Sus generosos pechos se muestran por vez primera ante los ojos de Benôit Canel, que tiembla, pero no es de frío.
La mañana siguiente, mientras Candela prepara el desayuno y Benôit informa a sus padres de que la fiesta en casa de Jean Claude se alarga, un pitido martilleante se instala en su mente. Es un sonido penetrante y molesto, seco. La mañana de domingo es fresca y soleada, y deciden pasear por el parque. Juegan y se besan a escondidas. El sonido le persigue, le atosiga y le fustiga, pero Benôit lo ignora. Y comen queso y nueces y uvas. Y beben vino sobre una manta de cuadros roja.
Esa tarde, mientras ven en el cine “La naranja mecánica”, el sonido se funde con la novena sinfonía de Beethoven y desaparece. Esa noche y también la siguiente, se mojarán los pies en la playa de Sainte Croix.

Hace más de 48 horas que el suero ha dejado de gotear y de infiltrarse en sus venas. Los dispositivos de alarma uno a uno se han quemado y han dejado de funcionar.
Libre por fin del irritante sonido y feliz como nunca lo ha sido, Benôit Canel muere entre los brazos Candela.



El aviso

Published by Sonia under on 9:13
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Léelo, decía el asunto de aquel extraño email. De Tania Ragut, para Tania Ragut. De ella misma para ella misma. Un virus, pensó. O Spam, o lo que fuera. Ignoró las instrucciones y lo borró. Ningún otro correo en su buzón, así que la cita seguía en pie. Puso música y se fue a su dormitorio.

Se plantó frente al armario y pensó que lo mejor para aquella noche era apostar por un look casual. Jeans y una camiseta negra que le afinara el talle. Simple y seguro, como si no le hubiera dado demasiadas vueltas. Se miró en el espejo y se odió. Asquerosamente sencilla. Se probó el vestido negro que se había comprado para la comunión de su sobrino. Sobrio y poco casual, pero le estilizaba la figura. Un poco endomingada, tal vez demasiado elegante para un tipo como aquel, un fotógrafo de Nacional Geographic, un aventurero, un amante del deporte. Sonrió al pensar en él. Era el primero con el que realmente le había apetecido quedar desde que se había inscrito en aquel portal. El único entre toda aquella fauna que le había contactado, entre toda aquella increíble selección de enfermos y pervertidos sexuales. Cuatro emails cruzados y una foto en su jeep habían sido suficientes para convencerla. Un tipo que se pasaba temporadas en África fotografiando leones y colaborando en fundaciones benéficas, qué malo podía ser. La foto, desde luego, también había influido. 43 años, rubio, tan experimentado que seguramente tendría ganas de estabilizarse, de asentarse, de encontrar una pareja, de tener hijos. No es que hubieran hablado específicamente del tema en ninguno de los mails, pero estaba todo implícito. A estas edades las cosas iban rápidas. Conexión, toma de contacto, un par de meses de relación e inevitablemente, si todo iba bien, hijos. Un par de hijos rubios y deportistas, fantaseó, solidarios como su padre. Tocaría el tema esa noche de forma casual, con discreción y tacto, sin parecer desesperada. No lo estaba. No, no estaba desesperada. Es cierto que tampoco podía dormirse, pero de ahí a la desesperación iba un trecho. Con 42 años aun tenía margen suficiente como para tener hijos biológicos. Quién sabe si su cita de esa noche sería por fin la decisiva. Y por qué no. Ojalá.
Se quitó el vestido y se enfundó de nuevo los jeans y la camiseta negra. Volvió a quitárselos y a ponerse el vestido negro. Sí, le sentaba mejor.

Se acercó al portátil para comprobar si le había llegado algún correo de última hora, del tipo “Me muero por verte”. Nada, salvo de nuevo aquel maldito virus. “Que lo leas, idiota”, ordenaba insolente. Volvió a borrarlo, esta vez con rabia.
Se arregló un poco el pelo, se pintó los labios y estaba ya dispuesta a salir, cuando por la ranura de la puerta entró disparado un sobre. “Leer sin falta”, decía el remite. Abrió la puerta para ver quién lo había lanzado, pero no había nadie. Miró por el hueco de las escaleras y escuchó atenta. Nada. Cerró la puerta y entró en casa. Rasgó el sobre y leyó el contenido.
“La foto desenfocada que te ha enviado es de Jesus Calleja. En realidad se parece al Dioni. Lo más cerca que ha estado de África es Melilla, donde hizo la mili. La cena va a ser cutre y te pedirá que la pagues a medias. Beberás más de la cuenta y sin darte cuenta terminarás en una pensión del Raval, a la luz de una bombilla sucia y parpadeante, con el tipo lavándose sus partes en un bidet. Vomitarás dos veces al recordarlo al día siguiente, y nunca lograrás superarlo del todo. No vayas.
Firmado: Tania Ragut”

Se consideraba una persona con sentido del humor, pero aquella broma no tenía ni puta gracia. No podía provenir de otra persona que de Elena, su única amiga. La única soltera, como ella. La única que sabía de su cita de esa noche. Y la muy perra se había tomado la molestia incluso de imitar su letra, se la había calcado. Iba a dejar de hablarle durante una buena temporada. Es más, si lo de esa noche prosperaba, no le hablaría nunca más. Estaba claro que no podía soportar que ella tuviera más suerte con los hombres y que por fin hubiera encontrado a uno decente. Qué mala era la envida, joder. En un impulso le envió un sms mandándola a la mierda.
Se perfumó y salió de su casa pegando un portazo.

Llegó quince minutos antes al local en el que habían quedado en el Raval. Se sentó en la barra mientras él llegaba. El restaurante debía de ser uno de aquellos lugares vanguardistas que sorprenden gratamente por su gastronomía pero que no apuestan demasiado por la estética. Algo moderno y sofisticado, seguro, aunque por lo pringosilla que estaba la barra no lo pareciera. Si él había escogido el lugar, estaría bien.
Mientras esperaba se tomó dos Martinis, que se le subieron un poco a la cabeza.
A los veinte minutos, un hombre de unos cincuenta años, con un peluquín rubio y un ojo extraviado, le dio dos golpecitos en el hombro con un dedo. Toc, toc.

Para mitigar su decepción, Tania Ragut ahogó la grasa de los calamares a la romana que pidieron en vino barato. Pagaron la cuenta a medias, doce euros por cabeza. Sin saber exactamente cómo, la imagen del Dioni aseándose sus partes en un bidet se materializó ante sus pupilas.
Tumbada sobre un colchón mohoso cubierto por una sábana repleta de lamparones y bajo la luz parpadeante de una bombilla sucia, Tania Ragut cerró los ojos con fuerza y cruzó los dedos. Ojalá tuviera suerte. Estaba ovulando.
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En el vagón

Published by Sonia under on 8:32

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A ella hace unos meses que le abandonó su marido por una polaca de 25 años. Se le nota en los ojos tristes, en el rictus amargo de sus labios, en la manera en que se agarra a la barra con desgana, como si no le importara salir despedida en cualquier frenazo, como si acaso lo deseara. Vuelve a su casa después de una larga jornada planchando sábanas de hotel, sábanas que le cuentan historias que no quiere oír. Su desgastada imagen contrasta con la de la chica que agarrada a la misma barra y sucumbiendo al caprichoso vaivén del vagón, brilla con luz propia porque tiene su primera cita con él. 30 años, tacones que empiezan a doler mucho, piel suavemente perfumada. Se mira las uñas de su mano derecha, como si esperara ver reflejado en ellas el desenlace a esa cita, a esa relación o incluso a la vida. A su lado, se besan, abrazan y muerden los labios una pareja a la que el resto del mundo les da igual. Carpetas universitarias en la mano que no hacen sino estorbar. La vida es nueva y se sienten con fuerza para bebérsela a tragos. En una de las frenadas, golpean ligeramente a la mujer que apoyada en la barra transversal, les sonríe con nostalgia, recordando tal vez los besos que un día se dejó olvidados en cualquier rincón de la ciudad de Quito. Detrás de ella, ante la impasible mirada de unos jóvenes sentados a su lado, un abuelo se levanta para cederle el asiento a la adolescente embarazada que acaba de entrar en el vagón en la estación de Fontana. El desproporcionado vientre que como una sandía madura amenaza con reventar en cualquier momento, despunta descarado en su fina silueta, en su cara de niña. Su novio la espera en casa de sus padres. Yo controlo, le dirá de nuevo una y otra vez la próxima vez que la deje embarazada. Yo controlo, yo controlo. Pero no controla nada.

El abuelo de buenos modales se aferra a la barra con la misma fuerza que a la vida. A la misma barra que la chica brillante y que la mujer desolada. A la misma a la que un argentino que durante años engañó al hambre a fuerza de mate, se les une y me mira. Me mira con una intensidad que me traspasa. Me estudia, me imagina, me intuye y me desnuda. Ya son cuatro en la misma barra y cincuenta en el vagón, pero a partir de ese momento, de ese preciso instante, tan sólo existimos él y yo, yo y él, mirándonos, imaginándonos y desnudándonos. Esa noche y mientras dure el trayecto, vamos a bajarnos los dos en una estación que no aparece en los planos, en una estación cercana y lejana a la vez, olvidada a veces y necesaria siempre. Vamos a bajarnos los dos en una estación llamada imaginación y deseo, fantasías y sueños.
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La casquería

Published by Sonia under on 2:29
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Me sacan de la máquina temblando. No puedo gritar, me cuesta respirar, lloro. Me inyectan. Me resisto. Me atan. No puedo dormirme otra vez, el dolor se ha ido y necesito pensar. No puedo. Intento con todas mis fuerzas aguantar. Es imposible.

Me despierta el dolor. Un dolor exacto, agudo y penetrante a la altura de los riñones. Me paraliza. Cada vez es más intenso. Grito. Me muerdo con fuerza el brazo, lloro, suplico. Tengo la sensación de enloquecer. Entran y me vuelven a inyectar.

Me despiertan. Ya es de día y estoy confusa. Dos personas me desatan y me sacan a la fuerza de la cama. Empiezo a recordar. Me conectan de nuevo a la máquina. Grito. El ruso se gira y me parte el labio de un puñetazo. Noto el sabor a hierro de la sangre en mi boca.
Se termina la sesión. Me levantan. El ruso me quita la bata. Intento patalear pero no tengo fuerzas. Me toca las tetas. Sonríe. Le brilla el diente de oro. Me arrastra al lavabo. Se baja los pantalones. Me revuelvo. Me golpea de nuevo. Se escupe en la mano y se manosea el miembro. Se oye la puerta. Maldice y se sube los pantalones. Me empuja dentro de la ducha y me ordena que me enjabone. Me enjabono. Tirito, tiemblo. No puedo parar de llorar. Me saca de la ducha por el pelo. Veo mi reflejo en el espejo. Dos heridas ocupan el lugar de mis riñones. Me caigo al suelo. Intento levantarme. Me vuelvo a caer. El hígado, el corazón, quizás las pupilas. Quizás todo. Grito con desesperación. El ruso me levanta y me arrastra hasta el salón donde el cirujano me espera. A sus pies, una nevera de camping repleta de hielo. Me tapan la boca con una gasa.

Bienestar. Calma. Un enorme foco de luz. La cara del cirujano, su barba cana, sus gafas. Parece Dios. Ordena sus bisturís metódicamente, con calma. Paz. Paz de color blanco. Algunas voces retumban con suavidad, acunándome. Sonrío mientras un hilillo de baba se desliza lentamente por la comisura de mis labios.
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KH7

Published by Sonia under on 2:39
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Llamo al informático y cruzo los dedos para que me solucione el problema desde su oficina. Después de un cuarto de hora de intentos fallidos, escucho las temibles palabras: voy para allá. Mientras llega, abro la ventana.
“¿Me necesitas aquí?”, le pregunto cuando entra. “Sí, quédate. Pero coño, cierra la ventana, que entra el solarro” me responde. La cierro. Le cedo mi asiento y voy a buscar otro. Se desploma sobre él con las piernas abiertas. Lleva los pantalones desgastados a la altura de los testículos. ¿Por qué le he mirado los testículos?, me digo. Y empiezo a respirar por la boca mientras el tipo toquetea mi teclado. A estas alturas no hace falta que diga que el informático de mi empresa es un hombre de pocas duchas. A lo sumo, calculo con generosidad, de una a la semana, acaso dominguera.
Después de intentar solucionar el tema de varias maneras, coge mi teléfono y llama a alguien. Su cara rezuma grasa. Me imagino que si le rascara, le saldría una viruta larga, como una serpentina. Joder, por qué se me ocurren estas cosas.
La conversación se alarga. Es enrevesada. En un momento dado, ante mi estupor, sin que mi presencia parezca inquietarle o frenarle o incomodarle, o de algún modo avergonzarle, empieza a hurgarse la nariz. No quiero mirar. Giro la cara, rebusco papeles ficticios. Pero al final miro. Miro, maldita sea. Y veo cómo introduce unos dedos gordos como morcillas en unos agujeros peludos y amplios. Y cómo revuelve. Y con un estupor creciente, incrédulo, doloroso, compruebo cómo con esa misma mano empieza a utilizar mi ratón. Clic, clic, clic, le escucho manejar con soltura su dedo untuoso.
Y por si eso fuera poco, me dice “pon tu contraseña” Y yo no la quiero poner. Que no, joder, que no quiero. La contraseña, que la pongas, me repite. No tengo escapatoria. En un feliz instante de lucidez, evito el uso del ratón mediante el tabulador.
El informático me soluciona el problema y se levanta satisfecho. Su estela avinagrada se marcha dando tumbos. Abro la ventana y desinfecto con presteza mis enseres. Bendito KH7

El pájaro

Published by Sonia under on 4:45
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Miré hacia la jaula y me pareció que estaba vacía. Miré mejor. Rígido, con las patas hacia arriba y estirado en el suelo, estaba el pájaro. Me sobresalté. Era un canario enorme, del tamaño de una paloma.
—A todos nos llega la hora—dijo uno.
—Todo se termina —dijo el otro.

Abrí la jaula y cogí al pájaro. Estaba caliente, aun respiraba.
—Eso no quiere decir que no esté muerto—dijo uno.
—Claro—dijo el otro.

Me pareció razonable. Era posible respirar sin estar vivo. Sin embargo, me angustiaba sostener sobre la palma de mi mano a un canario amarillo, grande como una paloma, muerto, pero a la vez respirando.
—Dale la libertad—dijo uno.
—Eso, libéralo—dijo el otro.

No entendí a qué se referían.
—A que le des la libertad—dijo uno.
—A que le retuerzas el cuello, como a una gallina—dijo el otro.

Yo nunca le había retorcido el cuello a ninguna gallina.
—Hipócrita—dijo uno.
—Hipócrita—dijo el otro—. Te niegas a ser tú quién le retuerza el cuello, pero después te comes su carne.

Yo no suelo comer gallinas. Si acaso pollos.
—Peor. Matas al fruto de sus entrañas—dijo uno.
—A la carne de su carne—dijo el otro.

Tampoco le había retorcido nunca el cuello a ningún pollo.
—Cobarde—dijo uno.
—Cobarde—dijo el otro—le dejas la responsabilidad a un tercero, para no sentirte culpable.

No supe qué opinar al respecto.
—Retuérceselo, aunque respire, sabes que está muerto—dijo uno.
—Lo sabes. Sabes que está muerto. Retuérceselo.

El pájaro grande como una paloma seguía respirando y caliente. Muerto y vivo. Respirando pero muerto. En mis manos.
—Retuérceselo—dijo uno.
—Hazlo—dijo el otro.
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Positividad

Published by Sonia under on 4:05
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No me gusta la gente que es capaz de recordarlo todo. No sé, no me fío, me producen escalofríos. Suelen ser personas rencorosas. Sé reconocer que tal vez lo mío tampoco es del todo normal. Sólo retengo en mi memoria los momentos felices, los recuerdos positivos, los que me llenaron de alegría.  Nunca recuerdo las afrentas de nadie. Jamás. Aunque quisiera, no podría acordarme de con quién me enfadé, ni porqué, ni quién tenía la razón, ni cómo, cuándo y porqué decidí que lo mejor era matar a quien haya tenido que matar. Me describiría a mí misma como una persona muy positiva.

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EL CHOCOLACALOR

Published by Sonia under on 5:42
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- Es la primera vez que venís, ¿no es cierto?
- Sí.
- Sabía. Una belleza como la de vos no se olvida, che. Pero relajate, dale, se te ve retensa. Acá si matamos a alguien es sólo de gusto. Yo me llamo Tomás, pero algunos me llaman Sito. De Tomasito, obvio.
A mí no me pareció tan obvio, pero asentí con una sonrisa nerviosa. Él me la devolvió mostrando una dentadura grande y afilada, espléndida.
- Tenía hora. Clara. Soy Clara.
- Como una luminosa tarde de verano -dijo mientras revisaba en su agenda-. Acá. Acá estás. Clara Fernández, ¿cierto? ¿Tenés el bono?
Busqué en la cartera con los dedos un poco torpes el bono que me había regalado mi hermana. Al ofrecérselo, Tomasito me rozó con su mano bastante más de lo razonable mientras me sonreía con sus brillantes dientes. Después se mordió el labio inferior y rebuscó en un cajón. Finalmente selló el bono y me lo devolvió, sin quitarme los ojos de encima.
- Mirá, acá al fondo tenés los vestuarios. Te quedás en cueros o en traje de baño si es que sos pudorosa, y entrás por la puerta de la izquierda. Allá te están esperando los muchachos.

Lo de los muchachos me desconcertó. El regalo consistía en un bono de diez masajes relajantes a base de chocolate. No contaba en ningún caso con tener que quedarme semidesnuda frente a quién sabe cuántos tipos. Estaba blanca, de pronto sospechaba que mal depilada y los diez kilos que había engordado desde que Carlos me dejó me atormentaban. Odié ferozmente a mi hermana. “Una sola sesión y vuelves como nueva”, me había dicho mientras pelaba patatas. Pero yo sabía que jamás iba a sentirme como nueva, sobretodo porque no lo era. Yo no era más que una vieja, gorda y patética amargada. Sentí el impulso de salir corriendo, pero Tomasito me dedicó una sonrisa tan deslumbrante que no fui capaz de ofenderle marchándome sin más. Me encaminé hacia el vestuario cabizbaja, como una oveja hacia el matadero.

Estaba sola. Era el vestuario más atípico que había visto en la vida. La luz, tenue y anaranjada se desdibujaba en un vapor suave, casi anestesiante. Una suave musiquilla étnica tipo Enya se escuchaba de fondo y se entremezclaba con el sonido del agua que caía a borbotones de una gran fuente de piedra. Olía a incienso y a canela. El calor húmedo se pegaba a la piel haciendo que ésta brillara satinada. Reparé en una copa de cava que reposaba sobre una mesa junto a una nota de bienvenida. Me la bebí de un trago. Después me puse el bikini y sin quitarme los zapatos de tacón para matizar el impacto, me planté frente el espejo. La imagen que éste me devolvió me sorprendió. Era yo, cierto, pero no lo parecía. La Clara que se reflejaba era diez centímetros más alta, y mucho más esbelta. Aquel espejo estaba trucado, como los del tibidabo, pero qué importaba. Estuve un buen rato saboreando el momento observándome desde todos los ángulos. La luz anaranjada difuminaba las huellas de los dos partos en mi cuerpo. Ni rastro de la celulitis, y las arrugas firmemente instaladas en el contorno de mis ojos se habían borrado. Sonreí. Me solté el pelo, puse la cabeza bocabajo y la subí de golpe. Parecía una leona. Rugí. Hice algunas muecas ante el espejo que me hicieron sonreír por lo ridículas. Animada, me acerqué a un mueble de maquillaje que tenía a mi derecha y me pinté los labios de rojo. De un rojo muy intenso, color sangre. Volví a mirarme. Ahora parecía una puta. De pronto la música cambió, Moment of surrender, de U2. Empecé a bailar sensualmente frente al espejo al ritmo de la música y las luces se hicieron cada vez más tenues, como si desde el exterior alguien me estuviera observando y considerara que ya había llegado el momento. Seguí contemplándome durante varios minutos hasta que la idea de entrar en una sala con una legión de hombres atléticos dispuestos a masajearme el cuerpo con chocolate dejó de parecerme detestable.

Entré. Un chico de unos 25 años me recibió con una sonrisa. “Pasa, Clara”, me dijo. “Yo soy Pablo. Él es David, Samuel, aquí Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián, cada uno experto en un área específica del cuerpo. Túmbate.”
Me tumbé. Cerré los ojos, y me dejé llevar por las sensaciones. A veces era chocolate caliente, a veces era frío. Los pies, las piernas, el abdomen, los brazos, el pelo, las caderas, los pechos. Montones de manos masajeaban mi cuerpo mientras Pablo, con una voz ronca me explicaba en apenas un susurro las propiedades beneficiosas del chocolate, anulador de la tristeza y responsable de sensaciones de tranquilidad, relajación, felicidad. De vez en cuando caía directo a mis labios un hilito de chocolate deshecho que Pablo, muy cerquita de mi oído se encargaba de analizar “grano de costa rica, 80% de pureza, notas de vainilla y de coco. ¿Notas las notas?, me decía” Y volvía a echar otro chorrito en mi boca, que no acababa de caer justo en mis labios y que él recogía con un dedo para que yo se lo chupara. Y yo se lo chupaba, y notaba las notas acariciarme y agarrarse al paladar. Y a modo de respuesta lo único capaz de articular era un gemido que rugía desde lo más profundo de mis entrañas.

Un cuarto de siglo después o tal vez tan solo de media hora, Pablo me susurró que por hoy habíamos terminado. Como es la primera sesión, dijo, sólo nos hemos dedicado a conocer tu cuerpo. En la próxima profundizaremos. Y me guiñó un ojo. Me incorporé, y uno a uno, David, Samuel, Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián, se despidieron de mí con dos besos muy largos, algunos tentadoramente cerca de mis labios pringados de chocolate.
Me duché y salí renovada, deseosa de profundizar. Me planté ante Sito para pedirle una nueva cita.
- Así que te gustó, ¿no es cierto?.
- Casi tanto como tu boca, cabrón -solté a bocajarro. Y creo que después incluso le saqué un poco la lengua, aunque eso ya no lo puedo jurar.

Lo cierto es que no tuve oportunidad de una segunda sesión. Esa misma semana desmantelaron “el Chocolacalor” junto a otros dos prostíbulos masculinos de la zona que utilizaban en el vapor de sus vestuarios sustancias psicotrópicas alteradoras de la percepción. Pablo, David, Samuel, Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián eran en realidad diez jubilados con tiempo y ganas de pasar un buen rato ganando además un dinerito extra. Me costó trabajo consolar a mi hermana, que no podía aceptar que los profundos masajes de Ernesto a los que tanto y tan bien se había acostumbrado terminaran de una manera tan abrupta, tan cruel.
En mi caso, la sensación de poder, sensualidad y voluptuosidad que experimenté en aquel vestuario y en la camilla aun persisten. Y no hay día en que no le agradezca a dios, pero sobretodo a los “muchachos”, la fantástica transformación que aquel día se produjo en mí.

La increíble historia de la niña Montaña

Published by Sonia under on 11:51



Texto inspirado en la ilustración de Sebas

En lugar de con dos manos, la pequeña Montana nació con dos tréboles de cuatro hojas cada uno. “Que no le falte ni el agua ni la luz”, dijo el doctor mientras firmaba una receta. Después, ante la estupefacción de los padres, añadió mirándoles a los ojos y con tranquilidad “será una niña con suerte”.
Tras unos minutos de intensa reflexión, los padres concluyeron, con desgana, que cosas peores se habían visto, y tan malo no podía ser el hecho de tener dos tréboles en lugar de dos manos, habida cuenta de que se trataba de dos tréboles de cuatro hojas, y no de tres. Aun así, le compraron varios juegos de manoplas.

A los pocos meses, observaron con asombro cómo la suave y abundante pelusilla capilar con la que la había nacido Montana se desprendía, y en su lugar empezaba a brotar lo que a todas luces parecía césped. Un césped verde y brillante y fresco y fragante que a su madre desagradó en la misma medida que sorprendió. “Consultaremos al médico”, dijo el padre, también reacio a aceptar los cambios de la vida. El doctor, mientras firmaba un parte de alta, les recomendó bañarla de dos a tres veces por semana y les recetó además un buen fertilizante que, a la madre de Montana, aunque no dijo nada, le pareció que olía a mierda. Al salir de la consulta, le compraron varias docenas de gorros.

Y Montana fue creciendo. De forma excesiva y desmesurada y salvaje, a lo alto y a lo ancho, desbocada y rebosante, de forma animal. A los siete años se le cayeron los dientes de leche y en su lugar le salieron piedras. Le encargaron unas costosas carillas de porcelana. A los diez, las piernas se le endurecieron hasta transformarse en dos firmes troncos de eucalipto del que brotaron finas y aromáticas hojas. Unos enormes pantalones de pana asfixiaron los brotes.
Los niños, crueles, se reían del aspecto de Montana, y Montana, triste, lloraba por las risas de los niños. Y cada vez que esto sucedía, en el colegio se pasaban dos días achicando agua.

La tutora de Montana, un día, concertó una cita con sus padres. “Su hija es especial”, dijo mientras se llevaba las manos a los riñones. “Necesita una educación que nosotros, por desgracia, no le podemos dar. Pero estoy segura de que tendrá suerte”.
Ya era la segunda vez que a los padres de Montana alguien les decía que su hija tendría suerte, cuando a ellos, la verdad, tan afortunada no les parecía.

Y así fue como la madre de Montana, a partir de ese momento, tomó las riendas de su educación. Primero impartió las clases en el comedor de su casa, y poco después, atendiendo a las súplicas de su hija, en el jardín. Y ahí, tumbada sobre el césped y al sol, mientras mejoraba su caligrafía y destacaba en ciencias naturales, los pájaros le empezaron a anidar en la espalda. Las hormigas, juguetonas, le recorrieron los troncos hasta hacerle llorar de cosquillas. Las lágrimas de risa despertaron a unos caracoles que en lenta peregrinación ascendieron por unos brazos que, sin apenas darse cuenta, se habían transformado ya en flexibles lianas. Los gatos se afilaron las uñas en ella, y bajo su camisa le nacieron ortigas.

La madre de Montana, maravillada, le quitó con prisa los guantes y el gorro y los pantalones, y de un martillazo se deshizo con rabia de las carillas de porcelana. Y en ese preciso instante vio lo que hasta ese momento no había querido ver y admitió lo que hasta ese momento no había querido admitir: en lugar de una niña llamada Montana, había parido a una increíble niña Montaña. Y mientras la besaba en uno de sus tréboles con emoción, supo que sí, ninguna suerte iba a ser mejor que la suya.

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La verdadera historia de Papá Noel

Published by Sonia under on 4:39
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Qué grande, Noel. Yo lo conocí en la mili. Era de esos tíos feos de narices, pero que triunfan más que nadie. ¿Cómo se entiende? Fácil: Noel tenía un don. Y no un don cualquiera: Noel tenía el don de anticiparse a los deseos de la gente. Pongamos que te gustara, por un casual, Camilo Sexto, ¿te gusta? Bueno da igual, chata, pongamos que te gustara, ¡raca!, ahí que te conseguía la discografía completa firmada por él. Que tu sueño era tirarle unas bragas a John Lennon, pues él te las quitaba y se las hacía llegar. ¿Me explico?

Se anticipaba, tenía visión, te calaba. Te miraba y sabía de qué pie cojeabas, qué querías de la vida. Y él te lo proporcionaba. Era así de grande.

Aunque no faltará quien te diga que en verdad lo único que hacía era manipular. Que te hacía desear justo aquello que él tenía, ¿me explico? Pongamos por un casual, que paseando por la calle, Noel se encontrara con un gorro rojo de lana tirado en el suelo. ¿Qué haría? Bien, primero te diría lo bien que te sienta el rojo. Y unos días más tarde te explicaría, eso sí, siempre dentro de un contexto, que el 80% del calor corporal se pierde por la cabeza, que se escapa. ¿Me explico? Sin tú saberlo, ya estarías deseando, suspirando, anhelando, ansiando, muriéndote por tener un gorro rojo que mantuviera tu calor corporal donde debe estar, en su sitio. Y entonces vendría él, y ¡zas!, te lo regalaría. Pongamos por caso que fueras facilona, que no digo yo que lo seas, guapa, pero pongamos por caso que lo fueras, pues esa misma noche, ¡raca!, se lo agradecías. ¿Que no? Pues Noel no desesperaba, nunca. Sabía que más pronto que tarde desearías tener un ajedrez, o un parchís viejo, o un perro sarnoso, o lo que fuera que tuviera por casa en ese momento. ¿Me explico?
Pero esa, guapa, si me permites la opinión, es la teoría de los resentidos, de los envidiosos, de los peluseros, de aquellos a los que les jode infinitamente más el triunfo ajeno que el fracaso propio. ¿Me explico?

Mi teoría es que Noel se anticipaba, que tenía esa capacidad. Y que además creía en sí mismo. Una vez leí, o me dijeron, o escuché o pensé, no sé, que no importa lo que seas en verdad, sino lo que tú te creas que eres, y sobretodo lo que le hagas creer a los demás. Y esa, chata, según mi experiencia de la vida, es una verdad universal. Él era feo, pero no de un feo normal. Era feo de cojones, de esa clase de feos a los que cuesta mirar a la cara sin que te entren ganas de vomitar. ¿Me explico? Pero se te olvidaba. ¿Por qué? Creía en sí mismo. Noel era así, tenía esa capacidad. Esa y la de fecundar. Que no tardaron en proliferar los chascarrillos a su costa en el cuartel, que si por ahí viene Noel el fecundador, o Noel el prolífico, o Noel el inseminador, o Noel el inagotable, o Noel el reproductor, o papá Noel, para los menos ocurrentes o de vocabulario más limitado.
Y con los críos, igual que con las mujeres. Que si ahora un tren eléctrico, que si mañana una pelota de tenis, que si pasado una baraja de cartas. Pronto fueron una legión de niños, !un montón! Y tanto reales como endosados, no te creas, porque las cosas como son, Noel no era bueno llevando cuentas, y pronto empezaron a aparecerle más hijos de los que él recordaba haber engendrado. Pero qué grande, Noel, nunca una duda, nunca una mala cara, nunca una suspicacia…aceptaba sin chistar.

Un día, Noel emigró a Noruega, o a Finlandia, o a Suecia, no se sabe bien. Según se cuenta porque le explicaron que en esos países abundaban las rubias naturales y sin prejuicios, a las que no hacía falta colmar de atenciones para obtener resultados satisfactorios. Y es que para aquel entonces, Noel empezaba ya a acusar el cansancio. Era un cansancio profundo, de los que llegan y se te clavan y se te agarran al cuerpo o la espalda, o peor aun, al alma, de aquellos que te hacen sentir viejo de repente y que llegan a traición, sin avisar, ¿me explico? ¡Bah! Tú eres demasiado joven aun para entenderlo, chata.

El caso es que la noche antes de irse, Noel se pilló una borrachera descomunal. En uno de los bares a los que acudió, conoció a tres chavales. Uno era africano y los otros dos chinos o de algún país de oriente, no se sabe bien. El caso es que los tres iban tan borrachos como él. Y Noel, entre lágrimas etílicas, les explicó que se iba contento pero con pena, porque Noruega o Finlandia o Suecia, quieras que no, estaban lejos, y sufría pensando en quién se iba a encargar a partir de entonces de mimar y de obsequiar y de halagar a todos sus hijos y todas sus madres, y a todas las que podrían haber sido madres, y a todos los que podrían haber sido hijos.
El negro, que por lo visto era el más espabilado o el que mejor entendía, o el que menos borracho iba, o el que más, quién sabe, le dijo que entre ellos tres se encargarían. La clase de promesa que sólo se hacen los borrachos antes de abrazarse o de echarse a llorar, o de vomitar en un rincón, o de caer inconscientes en un suelo lleno de mierda, ¿me explico?
El caso es que Noel al día siguiente se fue, pero los tres fulanos no olvidaron su promesa, no lo hicieron… Tampoco es que se mataran a cumplirla, todo hay que decirlo, pero tampoco la olvidaron, al César lo que es del César. En realidad lo que hacían, y según tengo oído, aun hacen, es juntarse una vez al año, y bien provistos de regalos proceden al reparto, casa por casa, ¿me explico?.

Uy, de Noel se han dicho muchas cosas, pero yo sólo hablo de lo que sé. Y lo que sé es que en Finlandia o en Noruega o en Suecia fue contratado por la Coca Cola, y que lleva un uniforme rojo. Por lo visto tuvo por contrato que dejarse crecer una barba espesa que le cubriera bien la cara, porque los suecos, o los noruegos, o los finlandeses, no son tan dados a perdonar así como así la fealdad ajena, por más seguridad que uno tenga en uno mismo. ¿Entiendes? Son así, esa gente es así, fría.
Pero según parece él vive feliz ahí… oye, cada uno. Dicen que está gordo, y sonrosado, y relajado, y rodeado de rubias, o de elfos o de renos, yo ahí no entro. Lo que sí es cierto, y de eso doy yo fe porque lo he visto, y no una, ni dos, ni tres, sino un montón de veces, es que una noche al año, sólo una y durante algunas horas, Noel vuelve. No me preguntes cuándo, ni cómo ni porqué ni sobretodo para qué. Pero lo que es volver, vuelve.
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Soy un adicto

Published by Sonia under on 14:26
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Mi afición a la sangre viene de lejos. Según mi madre, de bebé tan solo dejaba de llorar cuando al succionarle los pezones con fuerza, éstos sangraban en abundancia. Pero no fue hasta los siete años que me convertí en adicto a ella. Fue algo casual. Jugaba con mis amigos a ver quién era capaz de comerse una caja de chinchetas, y el más osado fui yo. A los pocos minutos, la tez se me tornó lívida, perdí el conocimiento, y mis padres me llevaron con urgencia al hospital. Me había perforado el estómago produciendo una intensa hemorragia interna. Tuvieron que someterme a una larga y compleja intervención para la que fueron precisas varias trasfusiones de sangre. No podría describir con palabras el éxtasis que sentí cuando inyectaron la sangre directamente en mis venas. Sería absurdo incluso intentarlo. Imaginad el placer más absoluto que hayáis experimentado nunca y multiplicadlo por mil. Sólo así podréis comprender lo que sentí siendo tan solo un niño de siete años, y lo que ha sido mi vida a partir de entonces.

Me dieron el alta a las pocas semanas, y pasé a ser un alma en pena. Nada conseguía calmar mi aflicción. Las pequeñas alegrías cotidianas de un niño de siete años, como un balón nuevo o un tirachinas, dejaron de tener sentido para mí. Aquel placer experimentado, aquella dulce sensación recorriendo mi cuerpo como un escalofrío de los pies a la cabeza… nada en mi vida valdría la pena si no volvía a sentir lo que sentí en aquel hospital, nada.
Mi madre, en un ingenuo intento de animarme, cocinaba a diario mis platos favoritos. Pero la morcilla, los pasteles de sangre y la sangre frita, lejos de consolarme, sólo conseguían reavivar la sed de sangre que sentía. Alimentarla, por decirlo así.

Con trece años me corté las venas para bebérmela, pero la experiencia no me gustó. Como consecuencia de aquel intento de suicidio, como ellos le llamaron, me internaron varios meses en un hospital. Y esos meses se convirtieron en los mejores de mi vida hasta la fecha. Me las ingenié para acceder al banco de sangre y cada día me bebía dos bolsas, a veces más. Qué delicia… Tiemblo de gusto con solo recrear las sensaciones experimentadas durante aquellos meses. Me cambió el carácter. De huraño y taciturno me convertí en un chaval alegre y optimista, que incluso bromeaba con las enfermeras.
En ese momento de euforia estaba cuando el médico me dio el alta. Me devolvieron de golpe a la vida de insatisfacción que tan bien conocía.

Mi primer asesinato lo cometí a los 18 años y se produjo de forma accidental. No me considero en modo alguno una persona violenta y jamás he pretendido hacer daño a nadie, lo juro.
A pesar de que no me habían interesado nunca las chicas, aquella era especial. Se llamaba Blanca y además lo era. ¡Muy blanca! De un blanco tan transparente que las venas se le dibujaban tentadoramente como una maraña de hilos azules por todo el cuerpo. ¿Cómo mostrarle a un alcohólico la botella de whisky y pedirle que no se la beba? ¿cómo?
Odio las historias de vampiros, Drácula y demás. Mienten. Ojala dispusiera de unos colmillos bien desarrollados y preparados para succionar la sangre de mis víctimas sin necesidad de hacer una carnicería. No es así. He tenido que ingeniármelas e ir perfeccionando mi estilo a lo largo de los años. Y con Blanca, no estuve muy fino, la verdad. Por no herir sensibilidades me ahorraré los detalles. Descanse en paz.

Después de Blanca, llegaron más, he traído una lista. Por orden alfabético: Aida, Carolina, Desireé, Elena, Esther, Irene, Lidia, Magda, María, Mónica, Silvia, … ¿sigo? Son treinta y cuatro en total. Es que la sangre envasada está muy bien, pero una vez se prueba la fresca, no se puede comparar.

En fin, no sé que le vais a decir al juez. Pero yo creo que lo mejor es la verdad. Que soy un adicto, un enfermo. Que tengo derecho a rehabilitación. Vuelvo a repetir que no soy para nada un tipo violento.
Por cierto, ¿sabéis si en la cárcel disponen de algo así como un banco de sangre? Lo digo por ir saliendo del paso.
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