Sonia's Sunrays

La escritura es la pintura de la voz -dijo Voltaire.

Las revivencias

Published by Sonia under on 10:06


En lo profesional

Benôit Canel nace en Marseille en 1955. Estudia medicina en París y se especializa en neurología. En el año 1983 obtiene una beca y se traslada a Washington DC donde se dedica a la investigación y a la docencia. En 1985 varias revistas científicas se hacen eco de sus avances en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer. En 1990 recibe el premio MetLife a la investigación de dicha enfermedad.
A mediados del año 1994, su hasta el momento intachable carrera profesional da un vuelco. Se le acusa de sustraer del laboratorio y de administrar de forma ilegal sustancias no autorizadas a personas sanas. Ese mismo año es procesado por la intoxicación y deshidratación de dos personas a consecuencia del consumo de dichas sustancias. Pierde su licencia y se traslada de nuevo a Francia, donde se recluye hasta el final de sus días en el “Château du Mer”, castillo situado a los alrededores de Bordeaux, propiedad recibida en herencia por parte de su familia paterna.
Benôit Canel muere por deshidratación sentado en una silla de madera tapizada en piel, en enero de 1995, a la edad de 40 años.

En lo personal

Benôit Canel es un hombre de carácter melancólico que tiende a la introspección.
Vive su primera relación amorosa a la edad de 16 años con una amiga viuda de su madre, Candela Miramar, española en el exilio 22 años mayor que él. Mientras dura el affaire, Benôit siente la necesidad de documentarlo hasta el extremo. Describe en su diario, con la máxima y a la vez limitada exactitud que le permiten las palabras, cada uno de sus sentimientos y actos. Fotografía a Candela, la pinta, conserva en una caja de galletas de mantequilla danesas una liga, un mechón de pelo y un pañuelo que le roba.
Cinco meses después del inicio del idilio, el padre de Benôit Canel es trasladado a Lyon y su relación clandestina finaliza de forma abrupta.
En su despedida, Benôit promete solemnemente que nunca la olvidará.

Transcurridos varios meses desde la separación, Benôit advierte un día, sentado frente a su caja de galletas, que ya no es capaz de evocar con claridad su risa. Con desesperación comprende que sus escritos le resultan del todo insuficientes, que las fotografías apenas le transmiten nada y que el olor de su ropa y de su pelo se ha desvanecido.
De forma ciertamente prematura y tal vez sin ser siquiera capaz de concretarlo en palabras, Benôit Canel siente la angustiosa sensación de que su pasado no existe. De que no hay manera de asegurar que realmente existió, que toda su vida pretérita se perderá para siempre más allá de sus recuerdos y que éstos, además, son engañosos e inexactos. Llora amargamente.

Sus aspiraciones y logros

Benôit Canel decide dedicar su vida a la investigación de la memoria.
En sus experimentos con fármacos para tratar la enfermedad de Alzheimer descubre un compuesto derivado de la triptamina capaz de inducir a una suerte de inconsciencia, durante la cual, escenas del pasado se reproducen en la mente de forma vívida y sentida, como en un sueño. En una ocasión Benôit se traslada a los doce años y juega durante dos horas al twister con su primo Jerôme y sus primas Sabine y Aurélie. En otra menos afortunada, se encuentra corriendo delante de un perro que le muerde y le desgarra el peroneo lateral corto, cosa que le sucede a los nueve años. Como si de una grabación se tratara, cada una de las reproducciones se da a tiempo real y es capaz de usar en ellas sus cinco sentidos. Vuelve a oler, a tocar, a sentir miedo y dolor, a emocionarse, a sorprenderse, a cansarse... a revivir las situaciones exactamente tal cual se dieron, pero en su mente.
Benôit Canel ha descubierto la manera de viajar en el tiempo. Dentro de su tiempo.

Su decadencia y muerte

Benôit Canel se aficiona a estos viajes. Su asistente, encargado de despertarle de cada uno de ellos, aprovecha sus largas horas de inconsciencia para copiar la fórmula de la revivencia, producirla y trapichear con ella. Como consecuencia de un error en la concentración de una mezcla, dos personas resultan intoxicadas. Benôit es acusado por ello y pierde su licencia. No se defiende. No le importa. Su única obsesión es encontrar la manera de elegir el momento exacto al que trasladarse en su tiempo.
Vuelve a Francia, a un castillo que recibe en herencia. Instala un laboratorio en una de las estancias y prepara la fórmula. Adquiere varios dispositivos de alarma que le permitan despertar de la inconsciencia a la hora calculada.
El día planeado se sienta en una silla de madera tapizada en piel y se inyecta por vía intravenosa una botella de suero. Toma el compuesto de la revivencia, y, por primera vez en muchos años, abre su caja de galletas.

Despierta en la habitación de Candela. En su cama. Ella le observa de pie y se suelta la melena. Su abundante y espeso cabello negro cae en cascada sobre sus hombros. De un movimiento certero se deshace de la combinación que resbala por su cintura y se detiene brevemente en la cadera antes de caer al suelo. Sus generosos pechos se muestran por vez primera ante los ojos de Benôit Canel, que tiembla, pero no es de frío.
La mañana siguiente, mientras Candela prepara el desayuno y Benôit informa a sus padres de que la fiesta en casa de Jean Claude se alarga, un pitido martilleante se instala en su mente. Es un sonido penetrante y molesto, seco. La mañana de domingo es fresca y soleada, y deciden pasear por el parque. Juegan y se besan a escondidas. El sonido le persigue, le atosiga y le fustiga, pero Benôit lo ignora. Y comen queso y nueces y uvas. Y beben vino sobre una manta de cuadros roja.
Esa tarde, mientras ven en el cine “La naranja mecánica”, el sonido se funde con la novena sinfonía de Beethoven y desaparece. Esa noche y también la siguiente, se mojarán los pies en la playa de Sainte Croix.

Hace más de 48 horas que el suero ha dejado de gotear y de infiltrarse en sus venas. Los dispositivos de alarma uno a uno se han quemado y han dejado de funcionar.
Libre por fin del irritante sonido y feliz como nunca lo ha sido, Benôit Canel muere entre los brazos Candela.



El aviso

Published by Sonia under on 09:13
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Léelo, decía el asunto de aquel extraño email. De Tania Ragut, para Tania Ragut. De ella misma para ella misma. Un virus, pensó. O Spam, o lo que fuera. Ignoró las instrucciones y lo borró. Ningún otro correo en su buzón, así que la cita seguía en pie. Puso música y se fue a su dormitorio.

Se plantó frente al armario y pensó que lo mejor para aquella noche era apostar por un look casual. Jeans y una camiseta negra que le afinara el talle. Simple y seguro, como si no le hubiera dado demasiadas vueltas. Se miró en el espejo y se odió. Asquerosamente sencilla. Se probó el vestido negro que se había comprado para la comunión de su sobrino. Sobrio y poco casual, pero le estilizaba la figura. Un poco endomingada, tal vez demasiado elegante para un tipo como aquel, un fotógrafo de Nacional Geographic, un aventurero, un amante del deporte. Sonrió al pensar en él. Era el primero con el que realmente le había apetecido quedar desde que se había inscrito en aquel portal. El único entre toda aquella fauna que le había contactado, entre toda aquella increíble selección de enfermos y pervertidos sexuales. Cuatro emails cruzados y una foto en su jeep habían sido suficientes para convencerla. Un tipo que se pasaba temporadas en África fotografiando leones y colaborando en fundaciones benéficas, qué malo podía ser. La foto, desde luego, también había influido. 43 años, rubio, tan experimentado que seguramente tendría ganas de estabilizarse, de asentarse, de encontrar una pareja, de tener hijos. No es que hubieran hablado específicamente del tema en ninguno de los mails, pero estaba todo implícito. A estas edades las cosas iban rápidas. Conexión, toma de contacto, un par de meses de relación e inevitablemente, si todo iba bien, hijos. Un par de hijos rubios y deportistas, fantaseó, solidarios como su padre. Tocaría el tema esa noche de forma casual, con discreción y tacto, sin parecer desesperada. No lo estaba. No, no estaba desesperada. Es cierto que tampoco podía dormirse, pero de ahí a la desesperación iba un trecho. Con 42 años aun tenía margen suficiente como para tener hijos biológicos. Quién sabe si su cita de esa noche sería por fin la decisiva. Y por qué no. Ojalá.
Se quitó el vestido y se enfundó de nuevo los jeans y la camiseta negra. Volvió a quitárselos y a ponerse el vestido negro. Sí, le sentaba mejor.

Se acercó al portátil para comprobar si le había llegado algún correo de última hora, del tipo “Me muero por verte”. Nada, salvo de nuevo aquel maldito virus. “Que lo leas, idiota”, ordenaba insolente. Volvió a borrarlo, esta vez con rabia.
Se arregló un poco el pelo, se pintó los labios y estaba ya dispuesta a salir, cuando por la ranura de la puerta entró disparado un sobre. “Leer sin falta”, decía el remite. Abrió la puerta para ver quién lo había lanzado, pero no había nadie. Miró por el hueco de las escaleras y escuchó atenta. Nada. Cerró la puerta y entró en casa. Rasgó el sobre y leyó el contenido.
“La foto desenfocada que te ha enviado es de Jesus Calleja. En realidad se parece al Dioni. Lo más cerca que ha estado de África es Melilla, donde hizo la mili. La cena va a ser cutre y te pedirá que la pagues a medias. Beberás más de la cuenta y sin darte cuenta terminarás en una pensión del Raval, a la luz de una bombilla sucia y parpadeante, con el tipo lavándose sus partes en un bidet. Vomitarás dos veces al recordarlo al día siguiente, y nunca lograrás superarlo del todo. No vayas.
Firmado: Tania Ragut”

Se consideraba una persona con sentido del humor, pero aquella broma no tenía ni puta gracia. No podía provenir de otra persona que de Elena, su única amiga. La única soltera, como ella. La única que sabía de su cita de esa noche. Y la muy perra se había tomado la molestia incluso de imitar su letra, se la había calcado. Iba a dejar de hablarle durante una buena temporada. Es más, si lo de esa noche prosperaba, no le hablaría nunca más. Estaba claro que no podía soportar que ella tuviera más suerte con los hombres y que por fin hubiera encontrado a uno decente. Qué mala era la envida, joder. En un impulso le envió un sms mandándola a la mierda.
Se perfumó y salió de su casa pegando un portazo.

Llegó quince minutos antes al local en el que habían quedado en el Raval. Se sentó en la barra mientras él llegaba. El restaurante debía de ser uno de aquellos lugares vanguardistas que sorprenden gratamente por su gastronomía pero que no apuestan demasiado por la estética. Algo moderno y sofisticado, seguro, aunque por lo pringosilla que estaba la barra no lo pareciera. Si él había escogido el lugar, estaría bien.
Mientras esperaba se tomó dos Martinis, que se le subieron un poco a la cabeza.
A los veinte minutos, un hombre de unos cincuenta años, con un peluquín rubio y un ojo extraviado, le dio dos golpecitos en el hombro con un dedo. Toc, toc.

Para mitigar su decepción, Tania Ragut ahogó la grasa de los calamares a la romana que pidieron en vino barato. Pagaron la cuenta a medias, doce euros por cabeza. Sin saber exactamente cómo, la imagen del Dioni aseándose sus partes en un bidet se materializó ante sus pupilas.
Tumbada sobre un colchón mohoso cubierto por una sábana repleta de lamparones y bajo la luz parpadeante de una bombilla sucia, Tania Ragut cerró los ojos con fuerza y cruzó los dedos. Ojalá tuviera suerte. Estaba ovulando.
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Blanco e inmaculado

Published by Sonia under on 05:05
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Tengo un amigo que acaba de publicar un libro de relatos cuyo denominador común, según me dijo, era la muerte. Ya he empezado a leerlo y me está gustando. Mucho. Después de hablar con él decidí echarle yo también una ojeada a todos mis relatos y buscarles un denominador común. Algo que los identificara.
No acabó de gustarme el resultado del análisis, y hoy me siento con el propósito de enmendarme. Con el propósito de contar una historia como dios manda. Una historia que no me avergüence. Sin guarrerías de ningún tipo. Sin sexo, sin enfermos mentales, sin objetos insertados por el culo, sin palabrotas. Quiero contar una historia blanca, limpia, pura. Una historia llena de amor y de sentimientos a flor de piel. Y si puede ser con moraleja, toma ya.

Lo primero en lo que pienso es en un cuento infantil. Busco en la parte superior de mi estantería los cuentos que leía y releía, y que después volvía a leer, de pequeña. Hace años que no los miro y me entra nostalgia. Buen estado de ánimo para escribir algo sentimental. Empiezo a narrar una historia en la que dos hadas revolotean felices en un bosque de hermosas y fragantes flores. Cinco líneas después, sin apenas darme cuenta, aparece en escena un leñador, rudo y muy masculino, que mira a las jóvenes hadas con lascivia. Me freno. Me contengo antes de que el cuento se me vaya de las manos. No, por ahí no vamos bien. De hecho porqué una historia de hadas, si nunca me han gustado.

Vale, probemos con otra cosa. Qué tal una poesía. Nunca me ha apasionado la poesía, tal vez porque me falta sensibilidad para poder apreciarla, o porque no he encontrado a ningún poeta que logre conectar con la poca que tengo. Encuentro poesía, eso sí, en la prosa de algunos de mis escritores preferidos, pero ojala fuese capaz de emularlos. De todos modos, pienso con optimismo, la falta de referentes puede ser positivo a la hora de lanzarme a escribir una poesía al uso. Sin presiones y sin expectativas, con la valentía del ignorante. Métrica libre, eso sí.
Empiezo. Versos llenos de ternura, sentimientos, que rozan la frontera de la cursilería, que la franquean sin miramientos. Sensibilidad de la buena.
Me levanto a vomitar.

Pruebo con una historia donde haya un héroe y un villano. El héroe con un propósito justo y el villano dispuesto a impedir que lo logre. Y el villano acaba mal: castigado, humillado, burlado, o aun mejor, sí, sí, mucho mejor: redimido. Corrección política y un léxico apropiado, edulcorado y contenido.
Vale, tal vez con intentar contar una historia que no sea grotesca, es suficiente.

Tras media página de intentar no ser yo, decido que no voy a engañarme más: me gustan los malos, me interesan los perdedores, mi sentido del humor es básico, guarro y grotesco. No me gustan los finales felices. No pretendo lanzar mensajes a la humanidad. En el fondo me avergüenza más mostrar mi parte sensible y vulnerable que la descarada o la frívola. Lo único que me mueve a escribir es divertirme. Apartarme de una realidad que a veces me gusta menos que la realidad que tan solo existe en mi mente, y que se puede cambiar. Así que rompo lo escrito (mentira, tan solo cierro el archivo), y decido que uno no puede pasarse la vida pretendiendo ser lo que no es.
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En el vagón

Published by Sonia under on 08:32

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A ella hace unos meses que le abandonó su marido por una polaca de 25 años. Se le nota en los ojos tristes, en el rictus amargo de sus labios, en la manera en que se agarra a la barra con desgana, como si no le importara salir despedida en cualquier frenazo, como si acaso lo deseara. Vuelve a su casa después de una larga jornada planchando sábanas de hotel, sábanas que le cuentan historias que no quiere oír. Su desgastada imagen contrasta con la de la chica que agarrada a la misma barra y sucumbiendo al caprichoso vaivén del vagón, brilla con luz propia porque tiene su primera cita con él. 30 años, tacones que empiezan a doler mucho, piel suavemente perfumada. Se mira las uñas de su mano derecha, como si esperara ver reflejado en ellas el desenlace a esa cita, a esa relación o incluso a la vida. A su lado, se besan, abrazan y muerden los labios una pareja a la que el resto del mundo les da igual. Carpetas universitarias en la mano que no hacen sino estorbar. La vida es nueva y se sienten con fuerza para bebérsela a tragos. En una de las frenadas, golpean ligeramente a la mujer que apoyada en la barra transversal, les sonríe con nostalgia, recordando tal vez los besos que un día se dejó olvidados en cualquier rincón de la ciudad de Quito. Detrás de ella, ante la impasible mirada de unos jóvenes sentados a su lado, un abuelo se levanta para cederle el asiento a la adolescente embarazada que acaba de entrar en el vagón en la estación de Fontana. El desproporcionado vientre que como una sandía madura amenaza con reventar en cualquier momento, despunta descarado en su fina silueta, en su cara de niña. Su novio la espera en casa de sus padres. Yo controlo, le dirá de nuevo una y otra vez la próxima vez que la deje embarazada. Yo controlo, yo controlo. Pero no controla nada.

El abuelo de buenos modales se aferra a la barra con la misma fuerza que a la vida. A la misma barra que la chica brillante y que la mujer desolada. A la misma a la que un argentino que durante años engañó al hambre a fuerza de mate, se les une y me mira. Me mira con una intensidad que me traspasa. Me estudia, me imagina, me intuye y me desnuda. Ya son cuatro en la misma barra y cincuenta en el vagón, pero a partir de ese momento, de ese preciso instante, tan sólo existimos él y yo, yo y él, mirándonos, imaginándonos y desnudándonos. Esa noche y mientras dure el trayecto, vamos a bajarnos los dos en una estación que no aparece en los planos, en una estación cercana y lejana a la vez, olvidada a veces y necesaria siempre. Vamos a bajarnos los dos en una estación llamada imaginación y deseo, fantasías y sueños.
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La casquería

Published by Sonia under on 02:29
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Me sacan de la máquina temblando. No puedo gritar, me cuesta respirar, lloro. Me inyectan. Me resisto. Me atan. No puedo dormirme otra vez, el dolor se ha ido y necesito pensar. No puedo. Intento con todas mis fuerzas aguantar. Es imposible.

Me despierta el dolor. Un dolor exacto, agudo y penetrante a la altura de los riñones. Me paraliza. Cada vez es más intenso. Grito. Me muerdo con fuerza el brazo, lloro, suplico. Tengo la sensación de enloquecer. Entran y me vuelven a inyectar.

Me despiertan. Ya es de día y estoy confusa. Dos personas me desatan y me sacan a la fuerza de la cama. Empiezo a recordar. Me conectan de nuevo a la máquina. Grito. El ruso se gira y me parte el labio de un puñetazo. Noto el sabor a hierro de la sangre en mi boca.
Se termina la sesión. Me levantan. El ruso me quita la bata. Intento patalear pero no tengo fuerzas. Me toca las tetas. Sonríe. Le brilla el diente de oro. Me arrastra al lavabo. Se baja los pantalones. Me revuelvo. Me golpea de nuevo. Se escupe en la mano y se manosea el miembro. Se oye la puerta. Maldice y se sube los pantalones. Me empuja dentro de la ducha y me ordena que me enjabone. Me enjabono. Tirito, tiemblo. No puedo parar de llorar. Me saca de la ducha por el pelo. Veo mi reflejo en el espejo. Dos heridas ocupan el lugar de mis riñones. Me caigo al suelo. Intento levantarme. Me vuelvo a caer. El hígado, el corazón, quizás las pupilas. Quizás todo. Grito con desesperación. El ruso me levanta y me arrastra hasta el salón donde el cirujano me espera. A sus pies, una nevera de camping repleta de hielo. Me tapan la boca con una gasa.

Bienestar. Calma. Un enorme foco de luz. La cara del cirujano, su barba cana, sus gafas. Parece Dios. Ordena sus bisturís metódicamente, con calma. Paz. Paz de color blanco. Algunas voces retumban con suavidad, acunándome. Sonrío mientras un hilillo de baba se desliza lentamente por la comisura de mis labios.
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KH7

Published by Sonia under on 02:39
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Llamo al informático y cruzo los dedos para que me solucione el problema desde su oficina. Después de un cuarto de hora de intentos fallidos, escucho las temibles palabras: voy para allá. Mientras llega, abro la ventana.
“¿Me necesitas aquí?”, le pregunto cuando entra. “Sí, quédate. Pero coño, cierra la ventana, que entra el solarro” me responde. La cierro. Le cedo mi asiento y voy a buscar otro. Se desploma sobre él con las piernas abiertas. Lleva los pantalones desgastados a la altura de los testículos. ¿Por qué le he mirado los testículos?, me digo. Y empiezo a respirar por la boca mientras el tipo toquetea mi teclado. A estas alturas no hace falta que diga que el informático de mi empresa es un hombre de pocas duchas. A lo sumo, calculo con generosidad, de una a la semana, acaso dominguera.
Después de intentar solucionar el tema de varias maneras, coge mi teléfono y llama a alguien. Su cara rezuma grasa. Me imagino que si le rascara, le saldría una viruta larga, como una serpentina. Joder, por qué se me ocurren estas cosas.
La conversación se alarga. Es enrevesada. En un momento dado, ante mi estupor, sin que mi presencia parezca inquietarle o frenarle o incomodarle, o de algún modo avergonzarle, empieza a hurgarse la nariz. No quiero mirar. Giro la cara, rebusco papeles ficticios. Pero al final miro. Miro, maldita sea. Y veo cómo introduce unos dedos gordos como morcillas en unos agujeros peludos y amplios. Y cómo revuelve. Y con un estupor creciente, incrédulo, doloroso, compruebo cómo con esa misma mano empieza a utilizar mi ratón. Clic, clic, clic, le escucho manejar con soltura su dedo untuoso.
Y por si eso fuera poco, me dice “pon tu contraseña” Y yo no la quiero poner. Que no, joder, que no quiero. La contraseña, que la pongas, me repite. No tengo escapatoria. En un feliz instante de lucidez, evito el uso del ratón mediante el tabulador.
El informático me soluciona el problema y se levanta satisfecho. Su estela avinagrada se marcha dando tumbos. Abro la ventana y desinfecto con presteza mis enseres. Bendito KH7

El pájaro

Published by Sonia under on 04:45
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Miré hacia la jaula y me pareció que estaba vacía. Miré mejor. Rígido, con las patas hacia arriba y estirado en el suelo, estaba el pájaro. Me sobresalté. Era un canario enorme, del tamaño de una paloma.
—A todos nos llega la hora—dijo uno.
—Todo se termina —dijo el otro.

Abrí la jaula y cogí al pájaro. Estaba caliente, aun respiraba.
—Eso no quiere decir que no esté muerto—dijo uno.
—Claro—dijo el otro.

Me pareció razonable. Era posible respirar sin estar vivo. Sin embargo, me angustiaba sostener sobre la palma de mi mano a un canario amarillo, grande como una paloma, muerto, pero a la vez respirando.
—Dale la libertad—dijo uno.
—Eso, libéralo—dijo el otro.

No entendí a qué se referían.
—A que le des la libertad—dijo uno.
—A que le retuerzas el cuello, como a una gallina—dijo el otro.

Yo nunca le había retorcido el cuello a ninguna gallina.
—Hipócrita—dijo uno.
—Hipócrita—dijo el otro—. Te niegas a ser tú quién le retuerza el cuello, pero después te comes su carne.

Yo no suelo comer gallinas. Si acaso pollos.
—Peor. Matas al fruto de sus entrañas—dijo uno.
—A la carne de su carne—dijo el otro.

Tampoco le había retorcido nunca el cuello a ningún pollo.
—Cobarde—dijo uno.
—Cobarde—dijo el otro—le dejas la responsabilidad a un tercero, para no sentirte culpable.

No supe qué opinar al respecto.
—Retuérceselo, aunque respire, sabes que está muerto—dijo uno.
—Lo sabes. Sabes que está muerto. Retuérceselo.

El pájaro grande como una paloma seguía respirando y caliente. Muerto y vivo. Respirando pero muerto. En mis manos.
—Retuérceselo—dijo uno.
—Hazlo—dijo el otro.
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Positividad

Published by Sonia under on 04:05
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No me gusta la gente que es capaz de recordarlo todo. No sé, no me fío, me producen escalofríos. Suelen ser personas rencorosas. Sé reconocer que tal vez lo mío tampoco es del todo normal. Sólo retengo en mi memoria los momentos felices, los recuerdos positivos, los que me llenaron de alegría.  Nunca recuerdo las afrentas de nadie. Jamás. Aunque quisiera, no podría acordarme de con quién me enfadé, ni porqué, ni quién tenía la razón, ni cómo, cuándo y porqué decidí que lo mejor era matar a quien haya tenido que matar. Me describiría a mí misma como una persona muy positiva.

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EL CHOCOLACALOR

Published by Sonia under on 05:42
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- Es la primera vez que venís, ¿no es cierto?
- Sí.
- Sabía. Una belleza como la de vos no se olvida, che. Pero relajate, dale, se te ve retensa. Acá si matamos a alguien es sólo de gusto. Yo me llamo Tomás, pero algunos me llaman Sito. De Tomasito, obvio.
A mí no me pareció tan obvio, pero asentí con una sonrisa nerviosa. Él me la devolvió mostrando una dentadura grande y afilada, espléndida.
- Tenía hora. Clara. Soy Clara.
- Como una luminosa tarde de verano -dijo mientras revisaba en su agenda-. Acá. Acá estás. Clara Fernández, ¿cierto? ¿Tenés el bono?
Busqué en la cartera con los dedos un poco torpes el bono que me había regalado mi hermana. Al ofrecérselo, Tomasito me rozó con su mano bastante más de lo razonable mientras me sonreía con sus brillantes dientes. Después se mordió el labio inferior y rebuscó en un cajón. Finalmente selló el bono y me lo devolvió, sin quitarme los ojos de encima.
- Mirá, acá al fondo tenés los vestuarios. Te quedás en cueros o en traje de baño si es que sos pudorosa, y entrás por la puerta de la izquierda. Allá te están esperando los muchachos.

Lo de los muchachos me desconcertó. El regalo consistía en un bono de diez masajes relajantes a base de chocolate. No contaba en ningún caso con tener que quedarme semidesnuda frente a quién sabe cuántos tipos. Estaba blanca, de pronto sospechaba que mal depilada y los diez kilos que había engordado desde que Carlos me dejó me atormentaban. Odié ferozmente a mi hermana. “Una sola sesión y vuelves como nueva”, me había dicho mientras pelaba patatas. Pero yo sabía que jamás iba a sentirme como nueva, sobretodo porque no lo era. Yo no era más que una vieja, gorda y patética amargada. Sentí el impulso de salir corriendo, pero Tomasito me dedicó una sonrisa tan deslumbrante que no fui capaz de ofenderle marchándome sin más. Me encaminé hacia el vestuario cabizbaja, como una oveja hacia el matadero.

Estaba sola. Era el vestuario más atípico que había visto en la vida. La luz, tenue y anaranjada se desdibujaba en un vapor suave, casi anestesiante. Una suave musiquilla étnica tipo Enya se escuchaba de fondo y se entremezclaba con el sonido del agua que caía a borbotones de una gran fuente de piedra. Olía a incienso y a canela. El calor húmedo se pegaba a la piel haciendo que ésta brillara satinada. Reparé en una copa de cava que reposaba sobre una mesa junto a una nota de bienvenida. Me la bebí de un trago. Después me puse el bikini y sin quitarme los zapatos de tacón para matizar el impacto, me planté frente el espejo. La imagen que éste me devolvió me sorprendió. Era yo, cierto, pero no lo parecía. La Clara que se reflejaba era diez centímetros más alta, y mucho más esbelta. Aquel espejo estaba trucado, como los del tibidabo, pero qué importaba. Estuve un buen rato saboreando el momento observándome desde todos los ángulos. La luz anaranjada difuminaba las huellas de los dos partos en mi cuerpo. Ni rastro de la celulitis, y las arrugas firmemente instaladas en el contorno de mis ojos se habían borrado. Sonreí. Me solté el pelo, puse la cabeza bocabajo y la subí de golpe. Parecía una leona. Rugí. Hice algunas muecas ante el espejo que me hicieron sonreír por lo ridículas. Animada, me acerqué a un mueble de maquillaje que tenía a mi derecha y me pinté los labios de rojo. De un rojo muy intenso, color sangre. Volví a mirarme. Ahora parecía una puta. De pronto la música cambió, Moment of surrender, de U2. Empecé a bailar sensualmente frente al espejo al ritmo de la música y las luces se hicieron cada vez más tenues, como si desde el exterior alguien me estuviera observando y considerara que ya había llegado el momento. Seguí contemplándome durante varios minutos hasta que la idea de entrar en una sala con una legión de hombres atléticos dispuestos a masajearme el cuerpo con chocolate dejó de parecerme detestable.

Entré. Un chico de unos 25 años me recibió con una sonrisa. “Pasa, Clara”, me dijo. “Yo soy Pablo. Él es David, Samuel, aquí Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián, cada uno experto en un área específica del cuerpo. Túmbate.”
Me tumbé. Cerré los ojos, y me dejé llevar por las sensaciones. A veces era chocolate caliente, a veces era frío. Los pies, las piernas, el abdomen, los brazos, el pelo, las caderas, los pechos. Montones de manos masajeaban mi cuerpo mientras Pablo, con una voz ronca me explicaba en apenas un susurro las propiedades beneficiosas del chocolate, anulador de la tristeza y responsable de sensaciones de tranquilidad, relajación, felicidad. De vez en cuando caía directo a mis labios un hilito de chocolate deshecho que Pablo, muy cerquita de mi oído se encargaba de analizar “grano de costa rica, 80% de pureza, notas de vainilla y de coco. ¿Notas las notas?, me decía” Y volvía a echar otro chorrito en mi boca, que no acababa de caer justo en mis labios y que él recogía con un dedo para que yo se lo chupara. Y yo se lo chupaba, y notaba las notas acariciarme y agarrarse al paladar. Y a modo de respuesta lo único capaz de articular era un gemido que rugía desde lo más profundo de mis entrañas.

Un cuarto de siglo después o tal vez tan solo de media hora, Pablo me susurró que por hoy habíamos terminado. Como es la primera sesión, dijo, sólo nos hemos dedicado a conocer tu cuerpo. En la próxima profundizaremos. Y me guiñó un ojo. Me incorporé, y uno a uno, David, Samuel, Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián, se despidieron de mí con dos besos muy largos, algunos tentadoramente cerca de mis labios pringados de chocolate.
Me duché y salí renovada, deseosa de profundizar. Me planté ante Sito para pedirle una nueva cita.
- Así que te gustó, ¿no es cierto?.
- Casi tanto como tu boca, cabrón -solté a bocajarro. Y creo que después incluso le saqué un poco la lengua, aunque eso ya no lo puedo jurar.

Lo cierto es que no tuve oportunidad de una segunda sesión. Esa misma semana desmantelaron “el Chocolacalor” junto a otros dos prostíbulos masculinos de la zona que utilizaban en el vapor de sus vestuarios sustancias psicotrópicas alteradoras de la percepción. Pablo, David, Samuel, Ernesto, Mateo, Marcos, Ramón, Jero, Plácido y Damián eran en realidad diez jubilados con tiempo y ganas de pasar un buen rato ganando además un dinerito extra. Me costó trabajo consolar a mi hermana, que no podía aceptar que los profundos masajes de Ernesto a los que tanto y tan bien se había acostumbrado terminaran de una manera tan abrupta, tan cruel.
En mi caso, la sensación de poder, sensualidad y voluptuosidad que experimenté en aquel vestuario y en la camilla aun persisten. Y no hay día en que no le agradezca a dios, pero sobretodo a los “muchachos”, la fantástica transformación que aquel día se produjo en mí.

La increíble historia de la niña Montaña

Published by Sonia under on 11:51



Texto inspirado en la ilustración de Sebas

En lugar de con dos manos, la pequeña Montana nació con dos tréboles de cuatro hojas cada uno. “Que no le falte ni el agua ni la luz”, dijo el doctor mientras firmaba una receta. Después, ante la estupefacción de los padres, añadió mirándoles a los ojos y con tranquilidad “será una niña con suerte”.
Tras unos minutos de intensa reflexión, los padres concluyeron, con desgana, que cosas peores se habían visto, y tan malo no podía ser el hecho de tener dos tréboles en lugar de dos manos, habida cuenta de que se trataba de dos tréboles de cuatro hojas, y no de tres. Aun así, le compraron varios juegos de manoplas.

A los pocos meses, observaron con asombro cómo la suave y abundante pelusilla capilar con la que la había nacido Montana se desprendía, y en su lugar empezaba a brotar lo que a todas luces parecía césped. Un césped verde y brillante y fresco y fragante que a su madre desagradó en la misma medida que sorprendió. “Consultaremos al médico”, dijo el padre, también reacio a aceptar los cambios de la vida. El doctor, mientras firmaba un parte de alta, les recomendó bañarla de dos a tres veces por semana y les recetó además un buen fertilizante que, a la madre de Montana, aunque no dijo nada, le pareció que olía a mierda. Al salir de la consulta, le compraron varias docenas de gorros.

Y Montana fue creciendo. De forma excesiva y desmesurada y salvaje, a lo alto y a lo ancho, desbocada y rebosante, de forma animal. A los siete años se le cayeron los dientes de leche y en su lugar le salieron piedras. Le encargaron unas costosas carillas de porcelana. A los diez, las piernas se le endurecieron hasta transformarse en dos firmes troncos de eucalipto del que brotaron finas y aromáticas hojas. Unos enormes pantalones de pana asfixiaron los brotes.
Los niños, crueles, se reían del aspecto de Montana, y Montana, triste, lloraba por las risas de los niños. Y cada vez que esto sucedía, en el colegio se pasaban dos días achicando agua.

La tutora de Montana, un día, concertó una cita con sus padres. “Su hija es especial”, dijo mientras se llevaba las manos a los riñones. “Necesita una educación que nosotros, por desgracia, no le podemos dar. Pero estoy segura de que tendrá suerte”.
Ya era la segunda vez que a los padres de Montana alguien les decía que su hija tendría suerte, cuando a ellos, la verdad, tan afortunada no les parecía.

Y así fue como la madre de Montana, a partir de ese momento, tomó las riendas de su educación. Primero impartió las clases en el comedor de su casa, y poco después, atendiendo a las súplicas de su hija, en el jardín. Y ahí, tumbada sobre el césped y al sol, mientras mejoraba su caligrafía y destacaba en ciencias naturales, los pájaros le empezaron a anidar en la espalda. Las hormigas, juguetonas, le recorrieron los troncos hasta hacerle llorar de cosquillas. Las lágrimas de risa despertaron a unos caracoles que en lenta peregrinación ascendieron por unos brazos que, sin apenas darse cuenta, se habían transformado ya en flexibles lianas. Los gatos se afilaron las uñas en ella, y bajo su camisa le nacieron ortigas.

La madre de Montana, maravillada, le quitó con prisa los guantes y el gorro y los pantalones, y de un martillazo se deshizo con rabia de las carillas de porcelana. Y en ese preciso instante vio lo que hasta ese momento no había querido ver y admitió lo que hasta ese momento no había querido admitir: en lugar de una niña llamada Montana, había parido a una increíble niña Montaña. Y mientras la besaba en uno de sus tréboles con emoción, supo que sí, ninguna suerte iba a ser mejor que la suya.

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La verdadera historia de Papá Noel

Published by Sonia under on 04:39
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Qué grande, Noel. Yo lo conocí en la mili. Era de esos tíos feos de narices, pero que triunfan más que nadie. ¿Cómo se entiende? Fácil: Noel tenía un don. Y no un don cualquiera: Noel tenía el don de anticiparse a los deseos de la gente. Pongamos que te gustara, por un casual, Camilo Sexto, ¿te gusta? Bueno da igual, chata, pongamos que te gustara, ¡raca!, ahí que te conseguía la discografía completa firmada por él. Que tu sueño era tirarle unas bragas a John Lennon, pues él te las quitaba y se las hacía llegar. ¿Me explico?

Se anticipaba, tenía visión, te calaba. Te miraba y sabía de qué pie cojeabas, qué querías de la vida. Y él te lo proporcionaba. Era así de grande.

Aunque no faltará quien te diga que en verdad lo único que hacía era manipular. Que te hacía desear justo aquello que él tenía, ¿me explico? Pongamos por un casual, que paseando por la calle, Noel se encontrara con un gorro rojo de lana tirado en el suelo. ¿Qué haría? Bien, primero te diría lo bien que te sienta el rojo. Y unos días más tarde te explicaría, eso sí, siempre dentro de un contexto, que el 80% del calor corporal se pierde por la cabeza, que se escapa. ¿Me explico? Sin tú saberlo, ya estarías deseando, suspirando, anhelando, ansiando, muriéndote por tener un gorro rojo que mantuviera tu calor corporal donde debe estar, en su sitio. Y entonces vendría él, y ¡zas!, te lo regalaría. Pongamos por caso que fueras facilona, que no digo yo que lo seas, guapa, pero pongamos por caso que lo fueras, pues esa misma noche, ¡raca!, se lo agradecías. ¿Que no? Pues Noel no desesperaba, nunca. Sabía que más pronto que tarde desearías tener un ajedrez, o un parchís viejo, o un perro sarnoso, o lo que fuera que tuviera por casa en ese momento. ¿Me explico?
Pero esa, guapa, si me permites la opinión, es la teoría de los resentidos, de los envidiosos, de los peluseros, de aquellos a los que les jode infinitamente más el triunfo ajeno que el fracaso propio. ¿Me explico?

Mi teoría es que Noel se anticipaba, que tenía esa capacidad. Y que además creía en sí mismo. Una vez leí, o me dijeron, o escuché o pensé, no sé, que no importa lo que seas en verdad, sino lo que tú te creas que eres, y sobretodo lo que le hagas creer a los demás. Y esa, chata, según mi experiencia de la vida, es una verdad universal. Él era feo, pero no de un feo normal. Era feo de cojones, de esa clase de feos a los que cuesta mirar a la cara sin que te entren ganas de vomitar. ¿Me explico? Pero se te olvidaba. ¿Por qué? Creía en sí mismo. Noel era así, tenía esa capacidad. Esa y la de fecundar. Que no tardaron en proliferar los chascarrillos a su costa en el cuartel, que si por ahí viene Noel el fecundador, o Noel el prolífico, o Noel el inseminador, o Noel el inagotable, o Noel el reproductor, o papá Noel, para los menos ocurrentes o de vocabulario más limitado.
Y con los críos, igual que con las mujeres. Que si ahora un tren eléctrico, que si mañana una pelota de tenis, que si pasado una baraja de cartas. Pronto fueron una legión de niños, !un montón! Y tanto reales como endosados, no te creas, porque las cosas como son, Noel no era bueno llevando cuentas, y pronto empezaron a aparecerle más hijos de los que él recordaba haber engendrado. Pero qué grande, Noel, nunca una duda, nunca una mala cara, nunca una suspicacia…aceptaba sin chistar.

Un día, Noel emigró a Noruega, o a Finlandia, o a Suecia, no se sabe bien. Según se cuenta porque le explicaron que en esos países abundaban las rubias naturales y sin prejuicios, a las que no hacía falta colmar de atenciones para obtener resultados satisfactorios. Y es que para aquel entonces, Noel empezaba ya a acusar el cansancio. Era un cansancio profundo, de los que llegan y se te clavan y se te agarran al cuerpo o la espalda, o peor aun, al alma, de aquellos que te hacen sentir viejo de repente y que llegan a traición, sin avisar, ¿me explico? ¡Bah! Tú eres demasiado joven aun para entenderlo, chata.

El caso es que la noche antes de irse, Noel se pilló una borrachera descomunal. En uno de los bares a los que acudió, conoció a tres chavales. Uno era africano y los otros dos chinos o de algún país de oriente, no se sabe bien. El caso es que los tres iban tan borrachos como él. Y Noel, entre lágrimas etílicas, les explicó que se iba contento pero con pena, porque Noruega o Finlandia o Suecia, quieras que no, estaban lejos, y sufría pensando en quién se iba a encargar a partir de entonces de mimar y de obsequiar y de halagar a todos sus hijos y todas sus madres, y a todas las que podrían haber sido madres, y a todos los que podrían haber sido hijos.
El negro, que por lo visto era el más espabilado o el que mejor entendía, o el que menos borracho iba, o el que más, quién sabe, le dijo que entre ellos tres se encargarían. La clase de promesa que sólo se hacen los borrachos antes de abrazarse o de echarse a llorar, o de vomitar en un rincón, o de caer inconscientes en un suelo lleno de mierda, ¿me explico?
El caso es que Noel al día siguiente se fue, pero los tres fulanos no olvidaron su promesa, no lo hicieron… Tampoco es que se mataran a cumplirla, todo hay que decirlo, pero tampoco la olvidaron, al César lo que es del César. En realidad lo que hacían, y según tengo oído, aun hacen, es juntarse una vez al año, y bien provistos de regalos proceden al reparto, casa por casa, ¿me explico?.

Uy, de Noel se han dicho muchas cosas, pero yo sólo hablo de lo que sé. Y lo que sé es que en Finlandia o en Noruega o en Suecia fue contratado por la Coca Cola, y que lleva un uniforme rojo. Por lo visto tuvo por contrato que dejarse crecer una barba espesa que le cubriera bien la cara, porque los suecos, o los noruegos, o los finlandeses, no son tan dados a perdonar así como así la fealdad ajena, por más seguridad que uno tenga en uno mismo. ¿Entiendes? Son así, esa gente es así, fría.
Pero según parece él vive feliz ahí… oye, cada uno. Dicen que está gordo, y sonrosado, y relajado, y rodeado de rubias, o de elfos o de renos, yo ahí no entro. Lo que sí es cierto, y de eso doy yo fe porque lo he visto, y no una, ni dos, ni tres, sino un montón de veces, es que una noche al año, sólo una y durante algunas horas, Noel vuelve. No me preguntes cuándo, ni cómo ni porqué ni sobretodo para qué. Pero lo que es volver, vuelve.
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Soy un adicto

Published by Sonia under on 14:26
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Mi afición a la sangre viene de lejos. Según mi madre, de bebé tan solo dejaba de llorar cuando al succionarle los pezones con fuerza, éstos sangraban en abundancia. Pero no fue hasta los siete años que me convertí en adicto a ella. Fue algo casual. Jugaba con mis amigos a ver quién era capaz de comerse una caja de chinchetas, y el más osado fui yo. A los pocos minutos, la tez se me tornó lívida, perdí el conocimiento, y mis padres me llevaron con urgencia al hospital. Me había perforado el estómago produciendo una intensa hemorragia interna. Tuvieron que someterme a una larga y compleja intervención para la que fueron precisas varias trasfusiones de sangre. No podría describir con palabras el éxtasis que sentí cuando inyectaron la sangre directamente en mis venas. Sería absurdo incluso intentarlo. Imaginad el placer más absoluto que hayáis experimentado nunca y multiplicadlo por mil. Sólo así podréis comprender lo que sentí siendo tan solo un niño de siete años, y lo que ha sido mi vida a partir de entonces.

Me dieron el alta a las pocas semanas, y pasé a ser un alma en pena. Nada conseguía calmar mi aflicción. Las pequeñas alegrías cotidianas de un niño de siete años, como un balón nuevo o un tirachinas, dejaron de tener sentido para mí. Aquel placer experimentado, aquella dulce sensación recorriendo mi cuerpo como un escalofrío de los pies a la cabeza… nada en mi vida valdría la pena si no volvía a sentir lo que sentí en aquel hospital, nada.
Mi madre, en un ingenuo intento de animarme, cocinaba a diario mis platos favoritos. Pero la morcilla, los pasteles de sangre y la sangre frita, lejos de consolarme, sólo conseguían reavivar la sed de sangre que sentía. Alimentarla, por decirlo así.

Con trece años me corté las venas para bebérmela, pero la experiencia no me gustó. Como consecuencia de aquel intento de suicidio, como ellos le llamaron, me internaron varios meses en un hospital. Y esos meses se convirtieron en los mejores de mi vida hasta la fecha. Me las ingenié para acceder al banco de sangre y cada día me bebía dos bolsas, a veces más. Qué delicia… Tiemblo de gusto con solo recrear las sensaciones experimentadas durante aquellos meses. Me cambió el carácter. De huraño y taciturno me convertí en un chaval alegre y optimista, que incluso bromeaba con las enfermeras.
En ese momento de euforia estaba cuando el médico me dio el alta. Me devolvieron de golpe a la vida de insatisfacción que tan bien conocía.

Mi primer asesinato lo cometí a los 18 años y se produjo de forma accidental. No me considero en modo alguno una persona violenta y jamás he pretendido hacer daño a nadie, lo juro.
A pesar de que no me habían interesado nunca las chicas, aquella era especial. Se llamaba Blanca y además lo era. ¡Muy blanca! De un blanco tan transparente que las venas se le dibujaban tentadoramente como una maraña de hilos azules por todo el cuerpo. ¿Cómo mostrarle a un alcohólico la botella de whisky y pedirle que no se la beba? ¿cómo?
Odio las historias de vampiros, Drácula y demás. Mienten. Ojala dispusiera de unos colmillos bien desarrollados y preparados para succionar la sangre de mis víctimas sin necesidad de hacer una carnicería. No es así. He tenido que ingeniármelas e ir perfeccionando mi estilo a lo largo de los años. Y con Blanca, no estuve muy fino, la verdad. Por no herir sensibilidades me ahorraré los detalles. Descanse en paz.

Después de Blanca, llegaron más, he traído una lista. Por orden alfabético: Aida, Carolina, Desireé, Elena, Esther, Irene, Lidia, Magda, María, Mónica, Silvia, … ¿sigo? Son treinta y cuatro en total. Es que la sangre envasada está muy bien, pero una vez se prueba la fresca, no se puede comparar.

En fin, no sé que le vais a decir al juez. Pero yo creo que lo mejor es la verdad. Que soy un adicto, un enfermo. Que tengo derecho a rehabilitación. Vuelvo a repetir que no soy para nada un tipo violento.
Por cierto, ¿sabéis si en la cárcel disponen de algo así como un banco de sangre? Lo digo por ir saliendo del paso.
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ENAMORASTAN 50mg

Published by Sonia under on 04:27
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ENAMORASTAN 50mg
Lea todo el prospecto antes de empezar a utilizar ENAMORASTAN 50mg.
El principio activo de este medicamento es la Feniletilamina.

1 Qué es ENAMORASTAN 50mg y para qué se utiliza
Se presenta en forma de comprimidos recubiertos envasados en blister de 30 comprimidos.

ENAMORASTAN 50mg está indicado en:
- Convivencias largas
- Monotonía amatoria y falta de imaginación
- Frialdad y falta de deseo
- Indiferencia

2 No tome ENAMORASTAN 50 mg:
- Si considera que el enamoramiento no es importante; opina que el compañerismo, el afecto y la tolerancia son la esencia del amor, por encima de la pasión.
- Si considera que la estabilidad emocional es deseable a la inestabilidad que genera el enamoramiento.
- Si considera el enamoramiento como un estadio de enfermedad mental que genera ansiedad.

3 Efectos de ENAMORASTAN 50 mg:
- Idealización y admiración de la persona amada.
- Atribución de cualidades positivas a la misma (incluso inexistentes) evitando la crítica.
- Desactivación de los circuitos cerebrales responsables de las emociones negativas. Optimismo. Euforia.
- Necesidad de cercanía de la persona amada.
- Incremento del deseo sexual
- Necesidad de agradar a la persona amada.

4 Posibles efectos adversos
- Sudoración
- Ansiedad
- Falta de concentración
- Insomnio
- Pulso acelerado
- Taquicardia
- Celos
- Alteración de la percepción del tiempo
- Dolor o ansiedad en el estómago
- Ceguera transitoria
- Propensión al lagrimeo
- Distorsión de la realidad

Embarazo:
Los estudios demuestran que los hijos cuyas madres han sido tratadas con ENAMORASTAN 50mg durante el embarazo, presentan durante toda su vida un cuadro agudo de complejo de Edipo, por lo que no es recomendable su uso durante el embarazo.
El uso de ENAMORASTAN 50mg puede propiciar embarazos no deseados. Tome siempre precauciones si no desea procrear.

Si olvidó tomar ENAMORASTAN 50 mg
Tome su dosis normal la siguiente vez. No tome una dosis doble para compensar dosis olvidadas. Puede provocar libido descontrolada y paranoia enamoratoria severa.

Duración del tratamiento:
Vitalicio, aunque se recomienda que a partir de los 70 años se reduzca la dosis para evitar posibles problemas cardíacos derivados de la intensa actividad sexual que ENAMORASTAN 50mg propicia. Su médico le informará.

15/09/2020

Después de veintidós años de investigación, y numerosos ensayos clínicos, hoy por fin ha visto la luz el fruto del trabajo de toda mi vida. ENAMORASTAN.
Se comercializa en sobres, píldoras o parches, que van descargando dosis de enamoramiento a diario. Está especialmente indicado en parejas de larga duración que han transformado la pasión, el fuego y el deseo por un tibio compañerismo, afecto fraternal y tolerancia, que aunque sin duda son cualidades apreciadas en el amor, por sí solas generan monotonía, desinterés e insatisfacción.
ENAMORASTAN devolverá la pasión a miles de matrimonios. El mundo entero explosionará en una bomba de enamoramiento: calles pobladas de gente eufórica, que sonríe y se besa sin parar. Parejas que a pesar de llevar 20 años conviviendo, aun sienten maripositas en el estómago cuando se ven y están deseando llegar a su casa para materializar el amor.
Después de la vacuna contra el SIDA y de la cura contra el cáncer, este avance se ha considerado como uno de los más importantes de este siglo. Sin duda se trata de una revolución en las relaciones humanas, un descubrimiento que favorecerá al mundo en todas sus dimensiones. El fin de las guerras y el principio de la era del amor.
Por la polémica que ha generado, se ha comparado la aparición de ENAMORASTAN con el uso de las células madre, y es que no ha sido nada fácil que ENAMORASTAN viera la luz. Como en todo, la iglesia se opuso desde el primer momento. Pero el ámbito clerical no ha sido el único en oponerse. Numerosas asociaciones han puesto la voz en grito, tachando ENAMORASTAN de antinatural, una aberración. ¿Es acaso más natural que las parejas se separen, que las infidelidades se multipliquen, que miles de parejas convivan por costumbre o por necesidad, pero no por amor?
Nadie obliga a nadie a tomar ENAMORASTAN, pero a un precio de 10 euros la caja, ¿quién se resiste a adquirir una fuente de felicidad garantizada?

15/03/2040

¿Deberíamos culpar al químico Alemán Otto Hahn, descubridor de la fusión nuclear, de las 150.000 muertes que provocó la bomba atómica?
¿Se me puede culpar a mí por haber descubierto la fórmula del amor y ponerla al servicio del ser humano?
Si antaño crearon un premio Nobel especial para mí: el premio nobel del amor, hoy ciertos sectores me culpabilizan de todos los males que han acontecido a nuestra sociedad en estos últimos 20 años.

Es cierto que los primeros años de la comercialización de ENAMORASTAN fueron menos exitosos de lo previsto. Eran pocas las personas decididas a tomar el medicamento, quién sabe si por miedo a efectos secundarios imprevistos o por la influencia de las asociaciones que se manifestaban a diario en contra de él.
Sin embargo, a los cinco años de salir al mercado, algunos personajes del papel couché reconocieron que sus vidas habían dado un giro de 180º grados tras introducir ENAMORASTAN en ellas. El negocio de la prensa rosa empezó a flaquear. Los actores dejaron de enamorarse de cada compañero de reparto y sus matrimonios duraban para toda la vida. Proclamaban a los cuatro vientos que toda la felicidad de sus vidas se la debían a ENAMORASTAN.
Y el producto se puso de moda. No se daba abasto en su fabricación. Tuvimos que abrir enormes fábricas en China, Tailandia, Pakistán, Marruecos, Polonia. A pesar de que se producía el producto sin descanso, la demanda a nivel mundial era tan alta, que los precios empezaron a subir, y como en todo, se creó un mercado negro de gente que compraba y revendía y ofertas por internet de falsificaciones.
Buscamos nuevas alternativas para la distribución del producto. Una inyección con capacidad de amor para 15 años. El precio rondaba los 3000 euros la inyección, pero la comodidad era innegable y los bancos ofrecían mini créditos que ayudaban a los jóvenes a adquirir el producto. Muchas parejas incluían ENAMORASTAN en sus listas de boda para garantizar una unión exitosa y duradera.

Mientras la demanda del medicamento no dejaba de aumentar, la productividad general a nivel mundial no dejaba de disminuir. La población no se concentraba. El mundo entero estaba deseando concluir con sus jornadas laborales para poder encontrarse con sus parejas. Los investigadores no ponían todo su empeño en investigar, los cirujanos no tenían las cabezas puestas en los bisturís, los errores humanos se multiplicaron, la ciencia se estancó. Los cimientos de nuestra sociedad empezaron a tambalearse.
Los embarazos no deseados aumentaron en un 200%, y es que en el estado de euforia que provoca el enamoramiento, muchas parejas se olvidaban de utilizar métodos anticonceptivos. Los divorcios se redujeron en un 90%, así que los abogados matrimonialistas tuvieron que especializarse en otros campos.

Es cierto que la crisis económica actual es feroz, que la capacidad adquisitiva de las familias ha disminuido en un 40% debido a la falta de productividad de las empresas. Muchas familias viven cerca del umbral de la pobreza, y a pesar de esta realidad en principio desoladora, las encuestas son claras: nunca antes la población ha sido tan feliz.
Esa felicidad se palpa en las calles, se traduce en las canciones. Han dejado de escribirse canciones de desamor. Nadie las entiende.
Nadie salvo los que hoy me juzgan. Son pocos y se creen con la verdad. Han intentado por todos los medios retirar el producto del mercado. Son ex consumidores de ENAMORASTAN amargados, algunos naturistas que nunca lo han aprobado, y sobre todo la iglesia. Nos odian, nos envidian. Nuestra felicidad les hiere. Pero nunca, nunca podrán retirar ENAMORASTAN de nuestras vidas.

El genio de la lámpara. Versión II

Published by Sonia under on 14:35
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Era un día cualquiera de junio. Una tarde soleada. Estaba yo sentada en la parada del autobús, leyendo con entusiasmo uno de los libros de autoayuda que siempre me acompañan: “Cómo convivir con la diabetes y ser feliz”, cuando un genio escapado de una lámpara se sentó a mi lado. Era un genio calvo,  con la cabeza muy brillante, de cuerpo musculoso y mirada pícara. Olía a especias: a canela y a clavo mezclados con azahar, con un ligero toque de almendra amarga. En seguida conectamos. Me explicó que estaba pasando unos días de vacaciones en Barcelona, y yo le aconsejé algunos rincones que no se podía perder. Él, guiñándome un ojo, me ofreció que le pidiera un deseo, uno cualquiera.
—Quiero dejar de ser diabética —le dije sin dudarlo—.Quiero poder comerme una caja de donuts entera. Odio tener que pincharme a diario. Me hace tremendamente infeliz.
—La salud es lo más importante —replicó sabiamente el genio—.Deseo concedido. A partir de ahora podrás comer lo que quieras. Pero a condición de que el año que viene, tal día como hoy y a la misma hora, nos encontremos en este mismo banco. Me ha gustado Barcelona y me has gustado tú.
Sin esperar una réplica mía, el genio calvo se convirtió en humo, y girando  sobre sí mismo como un tornado, desapareció en la cálida atmósfera de aquella tarde de junio.

Un año más tarde, a la misma hora, me senté en la parada del autobús, con un libro en la mano titulado “Cómo ser feliz cuando se sufre de sobrepeso” a esperar al genio calvo. Apareció al poco tiempo. Esta vez olía a piel de naranja con chocolate y pimienta negra.
—No te veo muy feliz —me dijo.
—Es que no lo soy. ¿Has visto cómo me he puesto? Me he engordado 25 kg. Además, al ser bajita se me notan más. Quisiera ser alta y esbelta. Comer y no engordar. Ser además guapa, ¡muy guapa! la más guapa de todas. Ir parando el tráfico por las calles con mi belleza.
—La autoestima es muy importante para ser feliz. Si necesitas belleza física para conseguirla, no hay más que hablar. La tendrás. Nos vemos el año que viene.
—¡Espera, espera, genio! ¿No harás que vuelva a ser diabética, verdad?
—Tranquila. Los deseos, a diferencia de los descuentos del supermercado, sí son acumulables.
Dicho esto, se enrolló sobre sí mismo y desapareció.

Al año siguiente, leía con entusiasmo “Cómo dejar de sentirte una mujer objeto”, cuando el genio se sentó de nuevo a mi lado.
—¡Guau! ¡Esta vez me he superado! —me miró impresionado—. Eres una belleza, ¡guapísima!.Pero, ¿qué pasa, que no te veo feliz?
—Es que la mayoría de la gente no me toma en serio. Como soy guapa piensan que tengo que ser necesariamente idiota. No sé, siento como que no se me respeta. Si fuese muy inteligente todo sería distinto… Sí, creo que si tuviera una carrera, hablara cuatro o cinco idiomas y tuviera un buen trabajo, de esos interesantes, seguro que todo cambiaría. Sería feliz. Seguro.
—La inteligencia y el sentirse realizado en la vida es fundamental, en eso estoy de acuerdo. ¿Tienes algo en mente? ¿Alguna profesión en concreto?
—No, me da igual. Me dejo sorprender. Si puede ser que me de dinero —le dije con una sonrisa.
—-Está bien, el año que viene me cuentas.

Pasó de nuevo un año, y volví a sentarme en el mismo banco, desconectando un móvil que no paraba de sonar, mientras terminaba unos informes que tenía que presentar al día siguiente. De mi bolso asomaba el libro “Cómo superar la adicción al trabajo”.
—Vaya, veo que la profesión que te busqué te ha gustado, ¿eh?. Pero no sé por qué, sigo sin verte feliz.
—Es verdad, no lo soy. Aunque me gusta mi trabajo, me absorbe tanto que no me da tiempo para las relaciones personales. Quisiera tener más tiempo para ampliar el círculo de amistades, salir más. Tengo mucho dinero y me falta tiempo para gastarlo. El dedicar todo mi tiempo a mi profesión me hace infeliz.
—Es que no se debe exagerar —me aconsejó—. Te concedo más tiempo y más amigos. Pero compagínalo con todo lo demás, si no, el año que viene seguirás siendo igual de infeliz.
Y dicho esto, el genio hizo el amago de marcharse.
—Espera, genio, espera —le retuve yo—… ya que estamos, ¿puedo pedir algo más?
Afirmó con un gesto de cabeza.
—Pues verás, es que también me gustaría encontrar el amor. Quisiera encontrar a un chico sensible y apasionado. Inteligente, culto, sincero y cariñoso. Buen amante, que sepa cocinar y que sea detallista. Que entienda de vinos y de música. Que le guste leer, tenga imaginación, sea divertido, caballeroso, optimista. Que me haga reír siempre y pueda hablar con él de todo. También que sea guapo, aunque no demasiado, que no quiero que me haga sufrir. Que me traiga el desayuno a la cama y que sea deportista. ¡Ah! y si puede ser, que sea argentino o venezolano.
—¿Y ya está? —me preguntó el genio levantando una ceja, con cierta ironía.
—Bueno, pues ya que estamos que sepa tambien tocar la guitarra —añadí yo, pues siempre me han gustado los chicos que saben tocar la guitarra.
El genio me miró, y con un gesto de cansancio mezclado con impaciencia me dijo:
—Está bien, lo tendrás. No sé de dónde lo voy a sacar, pero lo tendrás. Ahora tengo que decirte que el año que viene ya no voy a volver. Te he dado mucho, y Barcelona como destino turístico me empieza a cansar. He encontrado unas ofertas buenísimas para el Caribe, y me apetece cambiar.
En mi mirada se debió reflejar la decepción que sentía porque el genio se dulcificó.
—Vamos… ahora tienes salud, eres guapa, inteligente, con un buen trabajo, tienes dinero, muchos amigos, y te vas a casar con un hombre perfecto. ¿Qué más puedes pedir? No creo que me necesites más. De todas maneras, volveré dentro de siete años, a ver qué tal te va. Disfruta de todo lo que tienes, y sé feliz.
Se despidió de mí con  un beso en la mejilla y desapareció dejándome su aroma a té con menta anclado en las fosas nasales durante un buen rato.

Siete años después, el genio me encontró en el mismo banco, esta vez desaliñada y ojerosa, con el pelo y la ropa sucia, un Tetra brick de vino Don Simón medio vacío al lado y un libro en la mano: “Cómo recuperar las riendas de tu vida y ser feliz”, ese era el título. El genio me miró alarmado.
—¿Qué ha pasado?
Me eché a llorar. El genio se sentó a mi lado y empezó a acariciarme el pelo. Me ofreció un pañuelo. Cuando por fin me calmé me soné con fuerza y empecé a hablar.
—Todo era demasiado perfecto, genio. Demasiado. Nunca me pasaba nada. Tenía un marido tan enamorado, tan entregado, tan bueno, tan solícito,  que en vez de gustarme me irritaba. Y fuera de casa lo mismo. En el trabajo ni un solo conflicto, todo felicitaciones, y promociones y aumentos de sueldo. Con mis amigos relaciones perfectas. Tenía tiempo para dedicarlo a mí misma y además dinero. Tenía todo lo que quería y de alguna manera no era eso lo que quería ni lo que me hacía feliz. Empecé a aburrirme. Mucho, muchísimo. Sí, mi vida me parecía asquerosamente aburrida y predecible, sin sentido.
El genio me miraba expectante.
—El caso es que como tú ya no estabas para ayudarme, decidí introducir por mi cuenta una variable nueva en mi vida. Un pequeño divertimento, un pasatiempo sin demasiada importancia que me diera vidilla. Me busqué un amante. Y ya que estaba, pues no a uno cualquiera, me busqué a uno cabrón, al más cabrón que encontré, para que así me tuviera siempre en vilo, en estado de alerta y tensión, ¿entiendes? No sé, adrenalina pura, pensé que tal vez eso sí me haría feliz.
El genio suspiró.
—Mi marido perfecto se enteró y de pronto me demostró que podía dejar de serlo en cualquier momento. Me echó de casa y tuve que irme a la de mi amante. Éste me acogió no sin antes pedirme tres meses de alquiler porque su casera estaba a punto de echarle. Después desapareció y durante dos semanas no supe nada de él. Cuando volvió empezó a tratarme con desprecio. Se traía a casa a una colombiana llamada Yurena a la que yo tenía que cederle la cama. Y un día, así, como si tal cosa, me pidió que me fuera. Más amable que de costumbre me explicó que desde que le habían dado los resultados de las venéreas ya no era el mismo y que deseaba empezar una vida nueva. Sin nada que le recordara su pasado.
Paré un segundo la explicación y le eché un buen trago al Tetra brick. Un poco más animada, continué.
—Entonces, como no tenía dónde ir, pensé en mi amiga Elena. Fui a su casa y como no me abrió la puerta, utilicé la llave que me había dado para casos de emergencia. Me la encontré desnuda retozando con mi ex marido en el sofá. Perdí los nervios y la llamé puta mientras la arrastraba por el comedor de los pelos. La muy perra me denunció por allanamiento de morada y agresión. Dice que al arrastrarla se golpeó un ojo con el pico de la mesa y que ha perdido un 30% de visión periférica. Estoy a la espera de que salga el juicio. El resto de nuestros amigos, extrañamente, se posicionó de su parte y todos dejaron de hablarme.
El genio buscó otro pañuelo y empezó a secarse el sudor de la frente.
—¿Algo más?
—Bueno, sí… con tantos problemas es posible que dejara de rendir en el trabajo. Estaba algo desconcentrada, con la cabeza en otra parte… Mi jefe me recriminó un día en una reunión que le había entregado un informe tarde y con datos erróneos. Yo, que desde hacía algunos días no podía caminar bien por un sarpullido que me había salido en los genitales, perdí la paciencia y le dije que antes de dirigirme la palabra se lavara los dientes, y le llamé cerdo o pajillero, no sé, no me acuerdo bien, delante de todos. Me echaron y me quedé en la ruina.
—Pero tendrías dinero ahorrado, ¿no?
—Sí, pero es que en ese momento lo único que conseguía evadirme de esa vida tan perra que me había tocado en suerte, era el bingo y las tragaperras. Lo perdí todo.
El genio me miraba y negaba con la cabeza con un gesto de incredulidad.
—Además el sarpullido iba de mal en peor, en poco tiempo se convirtió en una ampolla enorme y dolorosa que explotó y que me dejó los genitales en carne viva. La herida no se curó bien y la infección se me pasó a la sangre. Estuve ingresada al borde de la muerte durante dos semanas. Al salir del hospital me vi en la calle y sin nadie a quién recurrir. Me dio por beber.  He sobrevivido gracias a pequeños hurtos,  primero a extranjeros y después a viejas. No me mires así, que de algo tenía que vivir. Estaba contando los días que faltaban para que volvieras a solucionarme la vida y encontrar la manera de hacerme por fin feliz.
El genio se quedó observándome muy serio y en silencio durante un par de minutos. Yo continué. Estaba desatada.
—El caso es que yo lo que quiero ahora es volver a aburrirme, ¿entiendes? Volver a tener un marido asquerosamente perfecto. Un trabajo ideal, dinero, amigos… todo, todo lo de antes. Ya me encargaré yo de entretenerme coleccionando abanicos o montando aviones de guerra. En serio, quiero aburrirme. Quiero volver a mi vida anterior, lo necesito para ser feliz.
El genio me miró sin decidirse a intervenir. Estuvimos así un par de minutos. Después se levantó y empezó a caminar en círculos a mi alrededor. Se encendió un cigarrillo y le dio dos caladas muy profundas.
—Mira —me dijo por fin—.Mientras me explicabas tu situación me he sentido algo culpable. Al fin y al cabo soy yo quién te dio salud, belleza, inteligencia, trabajo, amigos y  amor. ¿Soy yo entonces el responsable de tu infelicidad?—le dió una nueva y profunda calada su cigarrillo—.Pero después lo he pensado mejor—continuó—. Cuando no tenías todos esos dones, los anhelabas. Cuando los tuviste, te estorbaban. Cuando poco a poco y uno a uno los has perdido por el camino, me pides que te los recupere. ¿Tengo cara de imbécil?—me preguntó mirándome a los ojos, y me dio la impresión de que la pregunta iba en serio. Negué enérgicamente con la cabeza.—.Acéptalo—continuó—. Te dé lo que te dé, estarás siempre amargada.
Y ante mi estupor se enrolló sobre si mismo como un tornado y se evaporó en el aire dejando tras de si una desagradable estela de azufre y vinagre, tan intensa, que me revolvió el estómago y me hizo vomitar sobre el libro de autoayuda que sostenía.
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El joven Al Piste y su malograda plantación de orégano

Published by Sonia under on 03:54
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Al Piste nació en Milwaukee en 1924. A la edad de 23 años se trasladó al oeste de Oklahoma para hacerse cargo de una plantación de orégano. No se fue solo, le acompañaron sus hermanos Ed, Pete y Nate Piste.
El modo en el que Al Piste obtuvo la plantación de orégano al oeste de Oklahoma es confuso. Algunos dicen que se la ganó directamente a Phil Jefferson en una partida de cartas amañada. Otros opinan que a cambio de la plantación, Al Piste vendió a su única hermana a un buscador de oro procedente de Montana, que a su vez le había vendido la hermana a Phil Jefferson.
Lo único cierto y comprobable es que en octubre de 1947, Al Piste se instaló con sus tres hermanos en el rancho de la plantación, y que vivieron en paz hasta el verano de 1949. Ese año, el 14 de junio para ser exactos, Désireé Malou, una joven apetecible, se plantó en el porche donde los hermanos dormitaban, tiró su petate al suelo, y con marcado acento francés dijo “me llamo Désireé Malou y vengo a quedarme”. Acto seguido y como si aclarara en algo el asunto, añadió “soy artista”.
A los hermanos Piste una torcida y casi imperceptible sonrisa les asomó bajo el bigote.
Le cedieron la mejor habitación y Al Piste construyó de inmediato un pequeño orificio en la cámara del baño para poder observarla. Empezaron los problemas.
Primero fueron pequeñas discusiones entre los hermanos por lo injusto del reparto de los tiempos de observación establecido por Al Piste, en el que éste salía siempre beneficiado. Después, cuando Désireé Malou había adquirido ya cierta confianza y se duchaba con la puerta abierta, el motivo de disputa entre los hermanos fue decidir quién de ellos la haría por vez primera mujer. Desconocían los hermanos Piste que de tal tarea ya se había encargado muchos años atrás un tal Antonin Diot, al que el hecho de haber perdido los dos brazos y las dos piernas en la guerra, no le había resultado de ningún impedimento. Después, la pequeña Désireé Malou, que por aquel entonces no contaba con más de doce años, se había dedicado a confirmar y reconfirmar cientos de veces su feminidad en un prostíbulo a las afueras de Paris.
Pero estos datos los hermanos Piste no los conocían, y se hubieran retado en duelo con cualquiera que se los hubiera facilitado, así que las disputas por la virginidad de Désireé Malou se fueron encrudeciendo. Una tarde se sentaron a hablar.
Al Piste dijo que sólo a él le correspondía desflorarla, primero por ser el mayor, y segundo por ser el legítimo propietario, o casi, de la plantación de orégano de la que todos vivían.
Ed Piste, que compartía con los cerdos no solo el color rosado de la piel, sino también el de los dientes, dio un golpe sobre la mesa, maldijo su estampa y dijo que él había renovado el sistema de riego de la plantación y ganado así su derecho.
Pete Piste, que desde que había llegado a la plantación había sustituido la marihuana por el orégano mezclado con nuez moscada, dedicó a sus dos hermanos una sonrisa estúpida y después les pidió que se abrazaran mientras él iba a clavarle su estirpe en las entrañas a esa mujer. Se levantó, dio cuatro pasos tambaleantes y se cayó al suelo.
Nate Piste, que por lo que se sabe era homosexual y hubiese preferido desflorar a cualquiera de sus hermanos antes que a esa francesa calentorra, disimuló un poco y dijo “!prímer, prímer!” y después se fue al rancho de Klaus Leffers a ver cómo éste domesticaba a un caballo a pecho descubierto.
No llegaron a ningún acuerdo.
Por su parte, Désireé Malou, que tal y como ya había advertido a su llegada, era artista, necesitaba practicar su arte a diario, y éste consistía en bailar semidesnuda unas danzas que había aprendido en Kenia, donde uno de sus tantos amantes la había llevado años atrás. Los hermanos Piste la observaban absortos, sin comer, sin dormir, sin apenas hablar, exceptuando, claro está, a Nate Piste, que tampoco lo hacía, pero por motivos más relacionados con el torso de Klaus Leffers que con el de la bella francesa.

Las cosas empezaban a torcerse y el verano se presentaba largo, caluroso y seco. El más largo, caluroso y seco de todos los que se había conocido hasta la fecha. La falta de atención de los hermanos Piste a los asuntos cotidianos de la plantación fue letal. Descuidaron el riego y el orégano se secó en sus matas. Se empezaba a gestar la tragedia.
El 24 de agosto de 1947 las temperaturas alcanzaron los 46ºC. Esa noche Klaus Leffers se dirigió al rancho de los hermanos Piste para observar él también a escondidas, como era su costumbre, a la deseable Désireé Malou. Completamente hechizado por sus espasmódicos movimientos, tiró la colilla de su cigarro al suelo y sin poder resistirse a la magnética atracción que sentía, entró en la casa.
En el exterior, la colilla prendió en una mata que ardió y se propagó a gran velocidad por toda la plantación. Cientos de hectáreas fueron pasto rápido de las llamas y quedaron arrasadas.
Mientras, en el interior de la casa, un delicioso, embriagador y afrodisíaco humo procedente del incendio se coló por las ventanas. Los hermanos Piste, alentados por una Désiree Malou que bailaba y los contemplaba enardecida e incitante, se miraron entre si y supieron en ese instante lo que había que hacer. Klaus Leffers, para deleite de Nate Piste, también participó.
A la mañana siguiente encontraron a seis cuerpos carbonizados y unidos entre si, formando la extravagante figura de un candelabro.